Antes
con el fuentón entre las piernas
ella pelaba papas
Algunas noches
con el mango
él la masturbaba.
Antes
con el fuentón entre las piernas
ella pelaba papas
Algunas noches
con el mango
él la masturbaba.
Hoy llueve y
en las veredas del centro
todos llevan paraguas.
Que se chocan,
se salen de sus rayos
se inclinan hacia un lado.
Paraguas improvisados en
saquitos, pañuelos, bolsas de supermercado
y expedientes de Tribunales.
Mujeres que odian mojarse el pelo.
Gotas de lluvia que afean los trajes
de cadetes, empleados o gerentes
y les pagan el aguinaldo a
los tintoreros de la city.
Una señora gorda
con el pelo mojado
y musculosa blanca
entra en un café.
Es la parodia
del indie melancólico.
Me seduce un poco
ese motoquero
todo plástico
brillante, negro, amarillo
y esa cara casco que
despejaría con una franela.
El agua cae y moja
mis pies vestidos de verano
Esta no es mi semana, pienso
pero después me acuerdo
de que tengo paraguas
y unos pies hermosos.
Arrancame la cascarita de la oreja
en la mitad de una comedia romántica.
Llename las mañanas de mermelada,
indigname con tus opiniones políticas
y aburrime con tus posiciones
de manual.
Tragame sin agua,
dibujame las curvas con tiza institucional
y jugame al doble cero
en todos tus mareos.
Mirame bizco,
callame con caramelos
dormime en tu barba
afiname en el medio de un ensayo.
Atame los cordones en Florida
la víspera de Navidad.
Dame de comer
un ratito más.
En homenaje a los japonesitos
que salen en las noticias;
inspirados en las torres Le Parc 1 y 2
y en el cableado que decora la ciudad
saltaron.
Jugaron con Newton,
se creyeron astronautas,
paracaidistas de bolsita de cumpleaños,
marionetas sostenidas por hilitos de baba,
Mary Poppins sin paraguas.
En vertical,
los cien barrios porteños
escupen gente en simultáneo,
como bombuchas
en las siestas de febrero.
En horizontal,
los jubilados
que atardecen en las plazas
alimentan a las palomas
con maíz pisingallo y pan de ayer
mientras miran esa fiesta de colores
que los salpica de rojo.
Porque los febreros en Santa Clara son tristes,
le robé al nene de la carpa de al lado
su colchoneta inflable azul y amarilla.
Cuando nos mudamos,
vivíamos en un helado de vainilla
-azul pitufo del ahogo-.
Porque me recordó la Chacarita, el descenso de Atlanta
y la muerte de la abuela.
Porque me recordó al sueco desvalijado que lloraba en Once
como un gatito en celo.
Porque Rosario Central tiene los mismo colores
y también descendió.
Porque el mechón del Diego era amarillo y
porque en la Boca siempre hay tragedias.
Porque odio el olor a mierda del Riachuelo
y el olor a muerte de tu boca.
Porque odio el verde.
-El frío, el cálido y el inmaduro-
Porque quería que el nene llorara.
Porque yo también lloré
cuando tu mamá era rubia,
tenía el pelo amarillo
pero sus ojos no eran azules,
bien negros, del interior.
Como tu pubis,
como esta tinta rancia.
Como los agujeros en las playas
de Santa Clara de noche.