Suenan los redondos
es verano en
el ph de Nazca
en la cocina hay
platos rotos.
en otra habitación
reescribimos
Villa del Parque
como elegía.
Cuando Román metió
el segundo gol
en una calurosa
noche de Porto Alegre
nos abrazamos.
La estafa de una empresa de turismo
te había dejado sin entrada
y te había subido a mi combi
en el descampado donde
la policía brasilera
nos había juntado
a todos los argentinos
por perversión o seguridad.
Con el partido terminado
la copa en casa
el cuerpo aturdido
las puertas cerradas
para los visitantes
nos sentamos
sobre el cemento de la tribuna
y te di mi teléfono.
En una fría noche
de julio
en un restorán
de Buenos Aires
dijiste que más de una vez
te habían comentado
que las estudiantes de letras
éramos todas frígidas.
La última cita
fue la segunda;
fuimos a tu casa
y tirada en la cama
te dejé creer
que el mérito era todo tuyo
pero tu cuerpo no respondió
aunque tampoco te avergonzaste.
Años más tarde, en un subte
atiborrado de gente
nos encontramos.
Miraste para otro lado
y cruzaste caminando
el umbral que separaba
un vagón
del otro.
Antes
con el fuentón entre las piernas
ella pelaba papas
Algunas noches
con el mango
él la masturbaba.
Hoy llueve y
en las veredas del centro
todos llevan paraguas.
Que se chocan,
se salen de sus rayos
se inclinan hacia un lado.
Paraguas improvisados en
saquitos, pañuelos, bolsas de supermercado
y expedientes de Tribunales.
Mujeres que odian mojarse el pelo.
Gotas de lluvia que afean los trajes
de cadetes, empleados o gerentes
y les pagan el aguinaldo a
los tintoreros de la city.
Una señora gorda
con el pelo mojado
y musculosa blanca
entra en un café.
Es la parodia
del indie melancólico.
Me seduce un poco
ese motoquero
todo plástico
brillante, negro, amarillo
y esa cara casco que
despejaría con una franela.
El agua cae y moja
mis pies vestidos de verano
Esta no es mi semana, pienso
pero después me acuerdo
de que tengo paraguas
y unos pies hermosos.