domingo, 13 de noviembre de 2011

Cínico [frag-ment-O]

*

—Te quiero.

—No seas cínico.

—Te quiero.

—No seas cínico, plis.

—Es ternura. Te quiero.

—Cinismo y ternura no son compatibles. No seas cínico.

—Sos demasiado dura.

—Y vos sos un cínico.

—Es ternura

—Es un juego.

—Y bueno, jugá.

—Me aburre.

—¿Qué cosa?

—Vos. Tu cinismo. Deberías ser menos cínico y yo menos boluda.

—¿Boluda? ¿Por qué?

—Cínico.

—Cortala.

—Bueno.

—¿Me querés?

—Vos sos demasiado cínico y yo no soy tan boluda.

— ¿Qué querés?

—Que no me jodas. Andá a jugar a la ternura a otro lado.

—Ya lo hago.

—Ya lo sé.

—¿Qué sabés?

—Sé.

—¿Qué?

—Si lo volvés a preguntar te voy a dar una piña en la cara. ¿Querés que te cuente?

—Sí.

—No te voy a dar el gusto. Cínico del orto.

— Te quiero

—Los cínicos no quieren. Gozan, quizá, pero de sí mismos; en sí mismos. Se ríen de los demás.

—Yo te quiero. Y no me río. Y a veces gozo.

—Los secretos no existen.

—Cínica.

—Pelotudo.

— Ah! Perdiste.

—Sí.


*

—¿Te acordás cómo nos conocimos?

—¿Cómo o dónde?— quise precisar.

—¿Cuál es la diferencia?

—Lugar y modo.

—Da lo mismo.

—No da lo mismo.

—Acá sí da lo mismo. Para decirme uno, me vas a decir el otro, también me vas a decir cuándo ¿te acordás o no?

—Sí, Festival de la Luz, en el Recoleta.

—Sí, vos estabas con tu amiguito maricón de la Alianza.

—Sí. Vos estabas solo. Y te enojaste porque escuchaste cuando decía que no entendía la historia que contaba la serie que habías colgado.

—Te hiciste la canchera con dos conceptos de morondanga que habías aprendido en una escuelita de fotografía de Belgrano. Me hiciste reír. Habrías apretado un obturador no sé, tres veces en toda tu vida.

—No me hice la canchera. Tommy estuvo de acuerdo conmigo; después vos estuviste de acuerdo conmigo. No era un buen trabajo y además no había manera de que supiera que el autor de la obra estaba cerca.

—Me trataste de hipster.

—Me invitaste a un vernissage en Palermo, dos semanas después. Exponías esa misma serie, pero completa.

—Y viniste.

—Sí.

*

Ese viernes llovía. Me bajé del 55 en Thames y Soler. Tomé una cerveza con dos amigas que estaban en la zona. El vernissage empezaba a las 20.00 horas y no quería llegar puntual. Allí estarían profesores y antiguos compañeros de la escuela de fotografía. La mayoría, ahora dedicados a eso. Yo había transitado por la actuación, la fotografía y la literatura para quedarme con esta última. Ellos opinaban que yo no sabía qué era lo que quería. Yo opinaba igual que ellos. Aunque sabía que todavía guardaban cierto rencor de que Tommy, el profesor estrella de la escuela, tuviera una relación más fluida conmigo —incluso después de haber abandonado la escuela— y confiara en mi criterio para trabajar. Objetaban mi falta de esfuerzo, de empeño, de compromiso; mi dispersión. “No entiendo cómo la prefiere para trabajar. Si hace tres tiros, prueba armar una escena con cuatro cosas, saca dos, pide el estudio por cinco minutos, trabaja rápido y sin conciencia; se aburre y se pone a tomar cerveza en el patio. Pero después lo adorna con un lindo texto y el chabón se deslumbra. No lo entiendo. Se la quiere coger”. Después, casi todos se reían y estaban de acuerdo. A veces, mientras trabajaba en el laboratorio, escuchaba ese tipo de apreciaciones que venían desde el patio. Matthias, mi único amigo del grupo que dividía su vida entre Alemania y Argentina, entraba al laboratorio, me acariciaba la cabeza y me decía que no me amargara “Todos sabemos que Tommy es gay; buscan desviar la causalidad” explicaba en un español germanizado. Algunas veces nos besábamos porque el escenario lo justificaba y después me ayudaba a colgar mis fotos. Me demoraba en el laboratorio; me angustiaba que a unos metros, en el patio, hubiera un montón de gente a la que no le gustaba. Matthias se daba cuenta, ¿querés que me quede con vos? decía arrastrando las eses.

—Sí.

*

Tommy estaría esa noche pero Matthias no. Pensé en que sería una buena idea pedirle a alguna de las chicas que me acompañara al vernisagge. Las dos se negaron. Los novios las esperaban. Era viernes, llovía, peli y a la cama. Ganas de vomitar. Están empezando a empollar. La felicidad tiene forma de pollo, y después de pollitos. Les propuse que fuéramos y que después podíamos tomar una pepa y caminar bajo la lluvia toda la noche, o que en realidad no importaba. Lo que ellas quisieran. Repitieron que no, preferían pochoclos. No pochoclos per sé, pochoclos con novios. Arrumacos. Apechugar. Pechugas. Vuelven los pollos. Eso es amor. Tengo planes con Juani. Empollar no es un plan. Te juro. No lo puedo creer. Sola en Palermo y yendo a un vernissage de una serie de fotos de la cuales ya había visto la mitad. Y me parecían horribles. Palermo Arte. Las fotos, las chicas, los fotógrafos, el curador o la curadora. La curaduría. El vino. Me despedí, abrí el paraguas y caminé las dos cuadras y media de distancia que había hasta la galería. Tommy llamó a mi celular. Linda dónde estás. Tengo tu copa de vino en la mano, y mirá que me la tomo, eh. Tommy se reía en el teléfono. Tommy, estás borracho. No, nena, te estoy esperando. Ya estoy llegando, Tommy. Corté el teléfono. A media cuadra, encendí un cigarrillo. No tenía ganas de fumar, menos de entrar. Vi desde la esquina gente que entraba y salía del local. Del Espacio de arte. Espacio para artistas. Una chica rubia y muy hermosa con botas de lluvia violetas se paró al lado mío. Me miró fijo y sonrió ¿Tenés fuego? preguntó.

—Sí.

*

Entré. Algunas cabezas giraron cuando se entornó la puerta. Tommy vino a mi encuentro con los brazos abiertos. DI-VI-NA. Hola, Tommy. En el espacio había mucha gente. Yo me había puesto un tapado pied -de- poule y tacos. La lluvia me había enrulado el pelo. DI-VI-NA ¿cómo estás? Tommy me alcanzaba una copa de vino. Encontré varias caras conocidas entre los asistentes al vernissage. Recorrí el espacio con la mirada. Lo vi a él rodeado de jovencitos y cuarentonas. Tomé un trago de la copa. Berreta, le dije a Tommy. No seas hija de puta, wacha, respondió Tommy mordiéndose los labios. ¿Ya elegiste? le pregunté señalando con la cabeza a todos lados. Se rió sin contestarme y empezó a menear la cabeza. Ay, Tommy, qué puto que estás. Pero no se lo dije. Nos separamos. Él se fue a conquistar modelines y aspirantes a fotógrafo; yo recorrí un rato la muestra. Finalmente me acerqué, lo tomé a él por la espalda. Felicitaciones, le dije mientras besaba su cachete. Tenía la barba crecida y olía rico. Cínica, respondió. No te felicito por las fotos; te felicito por la exposición. Gracias por venir, dijo él abrazándome por el cuello y abriéndose definitivamente del grupo de gente que lo rodeaba. Caminamos la muestra otro rato. Empecé a encontrar pequeños detalles en sus fotos: un pato que rompía la fila, una mano que se insinuaba en un ángulo inferior izquierdo, un hilo que podía ser de una caja de pizza, de un matambre o de un globo, una boca desdentada en un círculo de gente fuera de foco. Él recibía y agradecía las felicitaciones de los asistentes pero no me soltaba.

—Exageré. No están tan mal. Algunas cosas me gustan realmente— le dije agarrando su mano derecha, que colgaba sobre mi hombro, en la mía.

—Me quiero ir a la mierda. No me aguanto más a esta gente.

—Así son los vernissages. El autor recibe elogios y dos o tres invitaciones a encamarse.

—Si me voy, ¿venís conmigo?

—Sí, pero se van a dar cuenta

—¿De qué?

—De que el brillante, joven y bello autor de la obra no está más— me reí.

—No, están todos demasiado ensimismados. Ocupados en ser condescendientes con ellos mismos.

Caminamos entre la gente. Él se detuvo para saludar a dos o tres personas. Escuché que les decía nos cruzamos al rato. Nos fuimos acercando a la salida. La cercanía con su cuerpo me consolaba de tanta humedad. Ya en la puerta escuché la carcajada de Tommy. Giré y lo vi en la otra punta, jugando a tener veinte de nuevo. Antes de salir, él me besó en la cabeza. Me consuela el olor de tu pelo limpio, dijo. Yo también quería hablarle de mis consuelos; pero no le dije nada. Agarró mi mano y salimos. Afuera llovía. Caminamos hasta la esquina y paramos un taxi. Antes de subir nos besamos. Él me miró y acarició mi pelo. ¿Te vas a quedar toda la noche conmigo? preguntó.

—Sí.

martes, 8 de noviembre de 2011

The past today [fragmento]


Llego a casa después de salir. No puedo desvestirme y acostarme a dormir. La noche terminó; no hay nada más por hacer. Pero no puedo sacarme la ropa y ponerme el piyama. Ni siquiera puedo sacarme el maquillaje. Me quedo incluso con la bufanda y el tapado puestos. Abro la puerta de la heladera y saco una botella de agua. Tomo del pico, la llevo al living y prendo la computadora. En la web tampoco pasa nada. Los diarios no tienen novedades. Son cerca de las dos de la mañana. No puedo desvestirme. Agarro las llaves y vuelvo a salir. Corro hasta la estación de servicio. Compro cigarrillos. Podría haber aguantado hasta la mañana siguiente sin fumar, pero necesitaba justificar el seguir vestida. No queda más que acostarme a dormir. La casita de Nazca está en silencio, sólo se escuchan las paletas del reloj que van cayendo con los minutos. Miro la cama llena de ropa, peines, pañuelos, medias y ropa a medio doblar. Siempre duermo del lado derecho de la cama. En el lado izquierdo se acumulan objetos de todo tipo, los ordeno una vez por semana. Las sábanas de ese lado están sin arrugas. La almohada todavía huele a suavizante. Hace tiempo que no duermo en diagonal. A veces, cuando me cruzo en medio de la noche, escucho que algo cae al piso. Me asusto y prendo el velador. Muchas veces tengo miedo. No me gusta dormir sola. Tardo en acostarme. En asumir que la noche terminó y que al regreso sólo me encuentro conmigo misma, con mi desorden, con el goteo eterno del depósito del baño, con las paletas del reloj, conmigo. Al menos tengo cigarrillos. En el baño tengo un cenicero, en toda la casa hay impregnado un olor a cigarrillo que no logro sacar con nada. Ni las velas, ni los aceites ni los sahumerios funcionaron. No puedo fumar en el patio, hace frío. El silencio de la casa me pone un poco nerviosa. Enciendo las luces de todos los ambientes. Las voy a ir apagando mientras me acueste a dormir, pero voy a dejar prendida la del patio. Siempre descanso mejor cuando está encendida. Quiero dormirme pronto. Suena insulso pero los pensamientos se enredan. Ni siquiera se oye el televisor del vecino, los perros no ladran, los camiones tampoco pasan a esta hora por la Avenida Nazca; cada tanto pasa un auto con música electrónica a todo volumen. Primero escucho la música, después la acelerada. Imagino un 128 todo tuneado. Pero nada más. Me escucho a mí misma. Por momentos pienso que puedo volverme loca de un momento a otro. Me acuerdo de que a los diecisiete le dije a mi terapeuta que a veces sentía que iba a enloquecer; me acuerdo en realidad de que ella lo anotó en una hoja de papel y lo subrayó; me acuerdo que lo vi varias sesiones después, cuando ella dejó el papel sobre el escritorio para levantarse a atender el teléfono. Hasta ese momento nunca lo había pensado con seriedad. Yo lo decía metafóricamente, pero ella lo anotó así, literal. Cuatro años de sesiones para ver una hoja en blanco con esas palabras “siento que voy a volverme loca” y nada más.

—Vos te volviste completamente loca— dijo él cuando desde la puerta de la cocina veía cómo fideos y pedazos de platos se mezclaban el piso.

—Vos te volviste completamente loca— dijo él cuando abrió la puerta de la casita de Nazca y me vio sentada en posición de loto diciendo omm

—Vos te volviste completamente loca— dijo él cuando comenté que el flaco Spolli era lindo.

—Vos te volviste completamente loca— dijo él cuando me bajé de un colectivo en Rivadavia y San Pedrito y empecé a correr.

—Vos te volviste completamente loca— dijo él antes de bajarse del 63 en Álvarez Thomas y Federico Lacroze y dejarme hablando y viajando sola hasta Villa del Parque.

—Vos te volviste completamente loca— dijo él mientras yo lloraba y armaba mi bolso para volverme a Buenos Aires apenas horas después de haber llegado a Rosario para pasar un fin de semana romántico.

Desperté en mitad de la noche y sentí que me ahogaba. No podía respirar. En el sueño alguien me asfixiaba. Desperté y me estaba asfixiando. En un acto reflejo llevé mis dos manos al cuello. No podía hablar, no podía respirar. Sentí que me moría. Él se incorporó en la cama. Me miró, me habló, quería pero no podía responderle, todavía me ahogaba, él empezó a desesperarse, me tocaba la espalda, yo no podía sacar las manos de mi cuello. Antes había tenido parálisis de sueño pero todo se reducía a que mis músculos tardaban en responder una vez que me creía despierta. Nunca esos músculos habían sido los pulmones. Me moría, traté de pararme. Fui al baño, levanté los brazos, el aire no pasaba. Me tiré contra el inodoro. Quise vomitar, escupir, necesitaba sacarme eso que no sabía qué era pero que estaba en mi garganta. Él me siguió, me preguntaba qué hacía, yo seguía sin poder hablar. Se agarraba la cabeza y me miraba, yo tenía el gesto deformado. Me paré para mojarme la cara y ver si el shock del agua fría me devolvía la respiración. Transpiraba mucho. Vi mi cara de desesperación en el espejo. Estaba pálida y fría. Sentí que me moría. De a poco empecé a respirar, él se acercó para tranquilizarme. Venía de una temporada de pesadillas que lo despertaban todas las noches con un grito. Nunca quería hablarle de mis sueños. Alguien golpeaba la puerta de mi casa, pegaba una patada y me llevaba afuera de los pelos. Me venían a buscar. El sueño se repetía casi todas las noches. Pero ese sábado a la madrugada no había soñado eso. Él me preguntó qué había soñado, no supe explicarle, no lo recordaba. Quise volver a dormir, él me seguía preguntando. No quería hablar. Antes de dormirme, él me preguntó si me sentía mejor. A la mañana siguiente volvió a sacar el tema. No quise responderle, no quise recordar esa situación. Imaginé que si cada vez que tenía anginas o dolor de garganta mi terapeuta homeopático me decía que era algo que quería decir pero no podía, la asfixia mientras dormía con él preludiaba una catástrofe. Él decidió no insistir y se limitó a tomar el café con leche de la mañana del domingo. Sólo dijo que no estaba bien y que quizás fuera recomendable que retomara mi terapia tradicional.

Desde el patio, mientras colgaba la ropa recién lavada sobre la cuerda miré al cielo y le pregunté si él creía que fuera a llover. No me respondió. La puerta del living estaba abierta y lo vi de espaldas, frente a la computadora leyendo los diarios. El ángulo superior izquierdo pintado de verde me indicó que leía el Olé. Siempre me daba tristeza verlo angustiarse por River, los partidos perdidos y el cercano fantasma de B. River jugaba ese domingo a las seis de la tarde. Futbol para todos. Volví a mirar el cielo. Miré la ropa, toqué la hilera de broches que colgaban sueltos en la cuerda como si fueran campanitas, lo volví a mirar a él. “¿Lloverá?” le pregunté. Hizo girar apenas la silla, su mano derecha se mantuvo sobre el mouse de la computadora. “Ni idea, chu” dijo. Sostuvimos nuestras miradas unos segundos. Él sonrió. Su respuesta me tranquilizó y mientras Aspen seguía pasando todos los clásicos que uno elegiría no escuchar un domingo, él siguió leyendo el diario, yo tarareaba las canciones y me creía ama de casa por un rato. “No se puede seguir así” escuché que decía como para sí; pero, entonces, no pude saber a qué partido se refería.

lunes, 10 de octubre de 2011

"Todo el mundo duerme sin zapatos" [fragmento]

*

El ciruja de la cuadra de mi casa se saca los zapatos, pone uno debajo de cada axila y se duerme. Cuando él llega a casa se lo comento. Me dice que así lo hacen todos los cirujas, para que no les roben los zapatos mientras duermen. Le digo que eso lo cuenta Primo Levi en sus memorias sobre la experiencia en Auschwitz; que dormían abrazados a los suecos y los cuencos para que no se los robaran. Bueno, en la calle es igual, respondió. Se roban los unos a los otros, le dije. Sí, dijo él y largó el bolso y el trípode en el piso del living. Pensé en que tal vez podíamos ofrecerle algo para comer, un paquete de galletitas, lo que fuera. Me dijo que acababa de verlo dormido y que podía dejarle él el paquete de galletitas a la mañana cuando saliera. Si te hace feliz, agregó.

—Sí, me hace feliz.

*

Esa noche miré los pies de todos los cirujas con los que nos cruzamos. Primero en Cabildo, después sobre Corrientes y por último cuando pasamos por Plaza Flores camino a Boedo. Todos tenían los pies desnudos. Aunque hacía frío estaban abrazados a su calzado y así dormían. Es muy loco, le decía mientras señalaba a cada ciruja descalzo que encontraba. No es tan loco, dijo él mirando para adelante, atento al tránsito. Cuide sus pertenencias, susurré. Claro, dijo él sacando la mano de la palanca de cambios y poniéndola sobre mi pierna. Todo el mundo duerme sin zapatos, dije.

—Sí.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Pinypon [fragmentado]


—Vos te crees que esto es difícil sólo para vos. Pero para mí también lo es. Yo tengo miedo. Para mí vos sos el prototipo de mujer. Yo, si pienso en una mujer aparecés vos. Y eso no es fácil de sobrellevar dadas las cosas—dijo.

Ella. Pienso en ella. Me gusta ridiculizarla. Ella es un pinypon. Le pongo y le saco pelucas de colores. Miro esos ojos. Dos puntos apenas perceptibles que seguro pintó un chino en una fábrica que cerró en los ’90. Ella es un muñequito que ya no existe. Cara cuadrada, poca gracia. No compite con nadie. Soy mala perdedora y no me importa. Te digo lo que quiero. Y a vos te pongo al lado, mi pinypon de peluca celeste. Agarro un marcador negro y dibujo una barba, porque nunca te lo dije: te quería lo mismo pero no me gustabas sin barba. Tus rasgos se aniñaban y ya nos alcanzaba con que te llevara varios centímetros. Y los pongo uno al lado del otro. Pero nada más, porque no son articulados. Estos muñequitos no se borran. Trato de hundirlos pero el plástico flota, como la mierda. Y con todo lo que lloré una palangana lleno seguro. Y entonces espero que la sal concentrada les saque al menos un poco del brillo o la pintura; o quizás prefiero perder una de las pelucas y que quede una cabeza hueca. Así te veo cuando te ponés conservador. Preferís un 4-4-2 que te deje dormir tranquilo. Todo bien, seguí jugando con un solo punta. Yo soy el desgarro asegurado, la bengala perdida y las balas de goma cuando termina el partido. Y a ella la conozco. La vi. Es parecida a mí pero más fea. No menos linda. No soy modesta, menos con ella. Ella. Sí, el otro día leí su timeline y tuve ganas de romperme la cabeza contra la pantalla. Y si yo digo que todo esto es por él, a él, para él, ella no va a tener la más puta idea de qué estoy hablando; y a vos te va a resonar no por peronista, por poeta. Entonces hablaríamos de Leónidas, y le diríamos así, Leónidas, porque siempre hablamos de los poetas por sus nombres. Porque nos hacen llorar y entonces los sentimos cerca; lo que nos da ganas de llorar un poco más y ya no puedo ni acordarme cuántas veces lloramos juntos; cuántas veces te tiré un poema en la cara, te mandé a la mierda y me fui a llorar al baño; y mientras tanto abría la ducha para que no te dieras cuenta de que odiaba que me escribieras; pero ahora es distinto. Porque escribís sobre mí y tirás para abajo de mis piernas largas y bronceadas pero yo ya no me hundo. No sé si eso importa, pero ya no lloro; ni abro la ducha a menos que sea para bañarme. Porque todo bien, ya fue. Hay cosas que superé y tampoco mezclo fideos con tuco con poesía. Y ella sigue siendo fea y simulacro. Y las dos coexistimos y ella tampoco sabe que a veces venís porque estás desolado y la casita de Nazca es el dulce hogar que no fue y dormís acá y pedís que te abrace; pero tanta realidad ni da, nada que ver. Entonces el simulacro. Aunque acá tampoco hay un perverso Dr. Morel que nos salve de nada; y a mí me dan ganas de vomitar los capelettinis fríos de anoche y de atar la loza que quedó en el piso con un poco de piolín.

viernes, 19 de agosto de 2011


Un aro de básquet en estado de coma

en el balcón de un primer piso

de un departamento de Belgrano

un miércoles nublado.


Desde el 44

miro la calle Pampa

la desolación de un barrio

ya no hay chicos en la plazas

ni en las bicis,

ni saludando al tren que pasa

desde los brazos de sus padres.

Algunos juegan en patios con rejas

de colegios privados

otros se mudaron y juegan

en mundos con lagos artificiales

y tipos de uniforme.

En los balcones, SUM de la clase media urbana,

no hay nadie.


Me cierro el saco

madrugué para ir a trabajar y

acabo de salir de la misa

en conmemoración a San Cayetano

—paz, pan y trabajo—;

desde el púlpito leí para los fieles

un fragmento del libro de los Reyes (19: 8-13)

y casi me pongo a llorar.


El colectivo desacelera

porque estamos llegando a las Barrancas

pienso en Elías y en su fe

pienso en Elías y en mi fe.

No consigo sacarme el frío del cuerpo,

la humedad aplasta a los chicos

que duermen en las casitas semifabricadas

de nylon y cartón —rastis de los lúmpenes—

alrededor del pasto del parque

donde señoras como mi mamá hacen footing

las mañanas que hay sol.


Espero un tren que me deje

en la estación Rivadavia.

y le doy el vuelto del boleto —0,80—

al inválido que custodia las monedas

y la bondad indiferente de los pasajeros

al costado de la boletería.


Me fui de la misa en medio

de la consagración del pan y el vino

cantando cordero de Dios;

tenía que volver a trabajar.

Sentí el pecado del mundo en la suela de los zapatos,

quise balar

pero me salieron palabras.

lunes, 15 de agosto de 2011

Soy tu fan [otro fragmento]

***

Apagaron las luces. La sala estaba llena. Habría aproximadamente una veintena de sillas. Nos colocaron dos en la primera fila, hacia el ángulo izquierdo del escenario; “Cortesía del director ”. Entrelazamos nuestros dedos en la oscuridad. Él se acercó a mi oído “juguemos en el bosque mientras el lobo no está”. Le sonreí, solté mi mano de la suya, la pasé por detrás de la nuca y le susurré, ya caliente “¿lobo está?” pero no seguimos jugando. Ese tipo de jueguitos son más probables en la última fila de una sala de cine semi vacía un domingo cualquiera. Pero nunca habíamos ido juntos al cine.

***

Los actores salieron a escena. Eran dos amigos que jugaban una competencia de poesía. Consiguieron mi atención de inmediato. Era un recurso divertido usar la poesía para contar otra cosa. Pensé en que la poesía siempre es un recurso para contar otra cosa, para ir a otro lado, para salirse, para escribir cortito, para el polvo de la mañana, para burlar identificaciones y llenar el vacío de profesión con esa palabra “poeta”, para hacer calentar a los muchachitos cool y sensibles de Palermo, para pedir licencia en el trabajo e ir a congresos, para emborracharte con alcohol barato en cuanto ciclo se arme, para ver volar sillas en Maldita Ginebra aunque sea una vez en tu vida, para aprender a burlarte de los malos poetas, para joderle la vida a tus padres, amigos y novios. La poesía, entonces, no sirve para nada. La poesía —o la escritura— es un lugar de deseo. Un espacio siempre vacío. Es una excusa bien o mal hecha. Escribir bien es un mandato más fuerte que ser madre. Escribir bien, ser bonita e ingeniosa es una exigencia estresante. Profesión: escritora.

viernes, 12 de agosto de 2011

Soy tu fan [fragmento]

***

Puse la taza, el cenicero y el paquete de cigarrillos sobre la mesita de luz. Él estaba en el baño. Le dije que si necesitaba, había cepillos de dientes sin usar en el mueble. Yo tenía olvidados uno, dos o más en su casa; él no tenía ninguno en la mía. En el vaso de porcelana que está sobre el vanitory sólo hay un cepillo de dientes y varios dentífricos a medio usar. Profesión: soltera. De preferencia: minitah. Especialidad: no me gusta dormir sola.

Me desvestí sólo para volver a vestirme con el piyama. Hay días en los que me molesta mi desnudez. No me encuentro en un cuerpo notablemente engordado y miro con envidia las piernas de mujeres en los colectivos o en la calle y pienso que en algún momento las mías también fueron así. Largas y flacas. "vos sos pura pierna". Sí, pierna fofa, pierna gorda, pierna celulítica, pierna ya vieja o envejecida, pierna que nunca hizo vino patero, pierna abierta. Nunca voy a encontrar la calma, nunca voy a poder formar una familia. Minitah forever se dibuja en mi mente como un cartel luminoso; y la angustia me da ganas de llorar, o de hacerme de derecha.
Siempre lloro por los motivos equivocados