viernes, 28 de septiembre de 2012
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domingo, 27 de mayo de 2012
Famiglia Unita
jueves, 19 de abril de 2012
Comment est-ce qu'on dit pas non plus?
Me siento en la cama y le digo que la puerta de calle está sin llave. Él ya está vestido, aprovechó mi ida al baño para levantarse y hacerlo. La puerta del baño no cierra porque el marco está hinchado. El vecino tiene rajaduras en su terraza y el agua se cuela hasta mi pared. La mancha de humedad crece grande y amarilla como una miga de pan en leche y vainilla para hacer budín. El olor que despiden las paredes no es dulce ni a vainilla. Las paredes no despiden olor. Las paredes no huelen. Yo me acerco y toco esa pared con la palma de mi mano abierta. Quiero hacer una pintura rupestre, pero la pared mojada no destiñe, no me pinta la mano. Chorrea, transpira, van apareciendo gotitas y le busco los poros a la pared. Se me humedece la mano, sigo la línea del agua, llego al marco de la puerta. La madera está mojada, la puerta rebota, no entra en el marco que creció y la puerta ahora le queda chica y entonces se escucha todo lo que pasa en el otro ambiente. El baño se comunica con la habitación por una puerta y con el patio por la otra. Él se viste y yo entrecorto el pis para escuchar mejor. Suspira o aclara la garganta, en cualquier caso pronuncia lenguaje inarticulado. El silencio lo incomoda. Yo tengo el ruido del pis, de mi pis, en mi baño. Y tengo sus ruidos pero que él no percibe. Siempre voy a ser más fuerte que él. Más fría y más frívola. Más dramática y egoísta. Más musical. La playlist del living se terminó hace un rato largo pero ninguno de los dos hizo nada. Era Belle & Sebastian. La eligió, agarró mi computadora y abrió el Itunes mientras hacía una evaluación panorámica de mi living—ese que había estado a instantes de ser nuestro— y decía que lo encontraba más luminoso, ordenado, armónico. Que lo encontraba cambiado, aclaró que cambiado significaba cambiado para bien. Pasó del living a la habitación y rió sorprendido. Repite que las cosas han cambiado, que ve todo más acomodado, pensado, decorado. Menos hippie y más indie. Más tuyo. Después mencionó algo sobre la madurez y dio play a “The boy with the arab strap”. Él escucha esa música cuando está conmigo o cuando se acuerda de que estaba conmigo, siempre la escucha desde la nostalgia; me escucha desde la nostalgia. Y así nos miramos y nos besamos. Mediados.
Antes de tirar la cadena y de que todo se ahogue en el sonido del agua que sale por un lado y entra por el otro, se pone el pantalón. Se pone el jean y sus piernas son el raspón, rápido y agudo, el sonido del jean que es como sonarían las cosas cuando pasan rápido y cortito por un tubo o como deberían sonar porque así suenan las piernas cuando se meten en los pantalones de tela de jean y que preanuncian los botones, los cierres y, en algunos casos, las hebillas de los cinturones. Se viste y yo me miro en el espejo. Tengo ojeras y la boca hinchada. La barba me irrita la piel. Se sienta en la cama. Salgo del baño y apenas gira la cabeza. Se está poniendo las medias que había dejado ordenadamente una adentro de cada zapatilla junto con el celular, las monedas y las llaves. Estoy desnuda y es injusto. Él golpea el piso después de ponerse la zapatilla como para asegurarse de que está bien, firme, de que no va a salirse o de que siempre puede hacer más ruido. Cruza sus piernas y yo paso por adelante. Apenas me mira. Y no me mira como los hombres miran a las mujeres desnudas. Apenas levanta la cabeza, como si sintiera la vergüenza o el pudor que genera la desnudez cuando no es esperada. Le doy la espalda mientras busco en el placard. Me visto como para dormir o como para taparme y sentirme menos desnuda, igualarnos. Me siento en la cama. Él se para y nos miramos un rato, mediados por el silencio ahora, siempre asimétricos. Descubrimos que ninguno va a llorar o a volver a llamar y eso también nos une; o al menos nos acerca. Y no nos movemos porque necesitamos que el final sea poético o por lo menos grandilocuente. Ser solemnes con esa relación que no fue pero que nos hizo más hermosos y entonces no podemos tolerar la idea de lo vulgar; de que nuestra despedida no nos inspirará en el futuro aunque lo vergonzoso es que no nos inspire en el presente; y entonces dejamos de mirarnos y dejamos de movernos. Recordamos que a veces quedan los gestos y entonces se acerca y nos abrazamos.
—La puerta de calle está sin llave—le digo desde la cama. Me acaricio la rodilla con la pera y lo miro. Abre la puerta de mi casa y mira para la habitación. Señala la cerradura y me dice que no me olvide de poner llave antes de dormir.
Ninguno se anima a decir que ya no duele.
sábado, 3 de marzo de 2012
Flora y fauna [notas]
Riego mis plantas casi todos los días. Uso una regadera azul y de plástico que me salió siete pesos hace un par de años. Todavía tiene el precio dibujado con marcador indeleble.
No tengo muchas plantas. Tenía solo dos y ahora trasplanté una, la corte por el tallo y puse el tronquito en un frasco con agua para que le volvieran a crecer las raíces. Todos los días me acerco y la miro. No sé cuándo será el momento de volver a ponerla en tierra. Las raíces son gordas y blancas, y crecen solo del lado derecho.
Gise es correntina y trabaja en casa. La abuela diría que es la “empleada doméstica”; mamá diría que es “la chica que me ayuda” y yo un poco que pienso que es una heroína que evita que la casa se venga abajo y deja todo oliendo bien y ordenado una vez por semana. Gise me dijo que no me olvide de cambiar el agua cada tanto, para que no se críen mosquitos ni dengue. En verano siempre hay mosquitos en mi casa. Y como el otro día conocí a una chica que casi se muere de dengue, ahora me angustio cada vez que me veo la roncha que se deforma mientras se irrita la piel entonces pongo sahumerios de citronella en el baño, espirales en el patio y pastillita fuyí en el living y en la habitación. En la cocina no pongo nada.
Esa planta –que ahora está sacando nuevas raíces- fue la única que sobrevivió a un accidente doméstico: hubo un verano en que decidí viajar un mes por Australia para irme de la casa en que había formado y roto una pareja –tal vez la más difícil que vaya a tener- entonces llené la pileta del patio con agua y metí las macetas adentro. Un mes es mucho tiempo y enero en Buenos Aires es muy caluroso, especialmente si uno vive en un ph con toldo metálico como es mi casa. Antes, había llevado mi tortuga a casa de mis padres para que la alimentaran y cuidaran. Las tortugas viven del verano.
La mayoría de las plantas se pudrió mientras yo viajaba pero no surfeaba olas ni conseguía un novio rubio y con rastas; los días en Australia fueron en su mayoría grises y lluviosos. Elegí una estación de tren por día para sentarme y llorar.
Sentí el olor antes de abrir la puerta cuando volví. Eso que yo quería sacarme, el olor a muerto, estaba en la casa más fuerte y con forma de pantano en la pileta de lavar la ropa. Pero muerto que se está pudriendo todavía, no muerto del que quedan huesitos y algunos pelos.
Había una que parecía tener todavía una chance íntima de sobrevivir. La saqué, la cuidé, la puse al sol todos los días, puse colillas de cigarrillo en un vaso con agua como hacía la abuela cuando quería curar una planta de hongos o de bichitos. Mojaba el algodón en esa agua caramelo, whisky, camello transpirado del zoo, lo pasaba por las hojas y por el tallo y lloraba.
Lloré recordando que dicen que uno debe cuidar una mascota o una planta por más de un año sin que se muera para saber si está listo para traer vida a este mundo; lloré porque había sido el deseo irracional y caprichoso –si es que cabe otra calificación para los deseos- de un hijo o una familia lo que había roto la relación; sobre todo lloré porque entonces eso lo hacía tener razón; no era momento para pensar en eso, como decía.
Fui y me compré un cactus de tela. Lo pinché como un muñequito vudú con alfileres de cabezas de distintos colores y apilaba papelitos. Lo puse arriba del escritorio y pensaba en qué ese no podía morirse y que los pinchazos no podían dolerle. La otra planta, en el patio, me devolvía la cara de la enfermedad, la (ir)responsabilidad y el capricho.
Nunca busqué la tortuga en lo de mis padres. Nunca miro el piso cuando camino, me hace doler las cervicales. Me agotaba la paranoia de que la tortuga se moría en cualquiera de las oportunidades que la pisaba o pateaba. Un día lo acusé a él de haber matado a mi tortuga. Le dije así, mataste a la tortuga, te odio. La semana siguiente nos separamos; y no había matado a la tortuga.
Para mi cumpleaños me regalaron una bici y una planta. Me aclararon que era una planta de interior, que no le gustaba mucho el agua. Esa planta parece una cebolla cuando brota. Cuando le falta riego las hojas se caen, como las comisuras de las bocas de los viejos y entonces la meto debajo de la canilla, primero y después me siento en un banquito y con un trapo limpio hoja por hoja, sin paciencia, con ganas de terminar rápido. Nunca se me ocurrió besar a una planta. Sin embargo un día lo hice. Besé una hoja. No sentí nada. Ni siquiera parecido a cuando beso la comida que no voy a comer y tiro a la basura.
Me gustan más las macetas que las plantas. Pero me gustan más los árboles que nadie riega.
La tortuga apareció muerta atrás de la heladera de la casa de mi mamá. Lo descubrí por el olor. La encontré electrocutada. Les grité que me habían matado a la tortuga y me fui a trabajar. La culpa de la muerte. Esa tarde, papá compró otra tortuga como quien compra un foquito nuevo para cambiar el que se quemó.
La tortuga nueva le come las plantas a mamá. No tiene nombre. Y mamá la odia. Porque se come sus plantas y porque se siente culpable. Mi tortuga se llamaba Tilde.
En mi patio hay un grillo. Se come mis plantas. Lo miro de lejos, pero no quiero tocarlo. Los grillos traen suerte; o la responsabilidad de su muerte trae mala suerte. Papá también dice que se comen la ropa. Pero eso pasa si están en los placares, no en las plantas. Quizás confunde a los grillos con las polillas.
Mi grillo no canta, grita. Y un día desaparece del patio. Lo busco en el placard, espero que se haga de noche, pero no lo encuentro. Extraño un poco el ruido del grillo, pienso cuánto más que una mariposa puede vivir un grillo y pienso también en que quizás las mariposas viven más de un día pero es el único insecto lindo y todo lo bello debe morir joven por una suerte de deber poético.
Nunca hubo una mariposa en mi patio. Ni un cadáver de mariposa. En mi patio, insectos de los feos y comunes y algunas lagartijas en verano.
Gise mató una lagartija y la dejó en un frasco de mermelada. Mientras mataba a la lagartija rompió mi jarrón favorito. El único en el que entran las calas que compro cuando camino por la calle Sarmiento. No me animé a decirle a Gise que tenía la culpa de que yo ya no tuviera donde poner las calas. Probablemente ya no compre calas ni jarrones.
Las plantas de mi patio son de las que no dan flores. Es culpa de ellas que no haya mariposas.
viernes, 17 de febrero de 2012
wishful thinking
Es difícil escribir a partir de los presentes felices. Nunca puedo contar una experiencia feliz mientras pasa. Siento que ahí no puedo indagar. La construcción es a partir del drama, de la angustia, del malestar, del nudo en la panza, del dolor de mandíbulas por un mal sueño la noche anterior. Me cuesta expresarme desde la felicidad tanto como me cuesta decir te quiero, te extraño, te necesito, esto me hace bien, feliz o mejor persona. O lo digo, pero tal como suena, sin variaciones. Envidio a la gente que puede hacerlo y le salen frases hermosas y casi únicas. A mí me pasa más como si habláramos de una greeting card a la que personalizo según de quién se trate. Me cuesta ponerle nombres a los sentimientos felices; no me sale. Quiero armar un discurso fluido y quizás sólo termino diciendo: podrías recortarte los pelos de las axilas, ¿no? Transpirarías menos. Un buen consejo es un sentimiento feliz. Se presume. Digo algo que sin dudas te va a hacer bien e incluso va a hacer que te veas mejor; sin pelos sobresaliendo por las mangas de las remeras, sin aureolas en las de colores, sin tanto pelo pegado en el jabón que compartimos. But suddenly, suena como una ofensa. ¿Te pido que me digas algo lindo y me decís que me recorte los pelos de las axilas? Me bajaste la chota al tercer subsuelo. ¿O sea que esta noche no cogemos? Solo vi terceros subsuelos en los estacionamientos del primer mundo. Acá no existen. ¿Imaginamos un vuelo y hacemos de cuenta que bajo, encuentro la chota y la subo? ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos con la ofensa que sobreviene a toda mala o sobre interpretación? Es una forma de decir: me preocupo por vos; y por mí con vos. En definitiva, cuando estamos juntos nos reflejamos; ¿no? Esa cosa de que uno se ve en su pareja y entonces lo más sano en realidad es que ninguno se sienta avergonzado de lo que el otro refleje. Spiegel Spiegel. No es que me genere demasiadas contradicciones que levantes el brazo para llamar al mozo y tanto yo como el resto del lugar veamos la aureola de transpiración y un pequeño enredo de pelos asomando. No es eso, pero estamos en el terreno de lo evitable. Just some advice, take it or leave it.
—Siempre que te cuesta decir algo, lo decís en inglés. Las primeras veces que hablamos me dijiste que era selfconfident y que eso era definitivamente un LIKE; y la vez siguiente me advertiste que eras highmaintenance. —
También dije que era una attention seeker casi patológica. Si no me prestás atención esto no va a funcionar. Tenés que mirarme, decirme que estoy linda con lo que me puse o más flaca o que te gusta la foto que subí a cualquier red social o el papelito que pegué en la pared. También es recomendable que te acuerdes de nuestras conversaciones y no repreguntes. Eso me da ganas de comerme las uñas y empacharme.
Me siento en el sillón y me repito vas a cansarlo, vas a cansarlo, vas a cansarlo hasta que se convierte en un mantra. Cuando suene el timbre voy a sonreír, voy a tener la comida preparada, voy a responder a todas sus preguntas sin cuestionamientos y me voy a bancar sus ronquidos sin despertarlo.
—Compré Respira Mejor. Al menos probemos si me funciona.
Y no le funciona del todo porque ronca como si respirara con todo el cuerpo o como si un montón de caballos, o de ganado o de cuadrúpedos pasaran en manada por encima de piedritas de colores. Pero dormir sola me gusta menos que los ronquidos. Y además está el gesto, la consideración, el registro del otro que no duerme y que te golpea para que gires y gires y dejes de roncar y la compra de unas banditas que expanden algo adentro de la nariz para que el aire pase sin tanta resistencia y entonces sin tanto ruido.
—Anoche roncaste un montón.
Decirle a la mañana siguiente vale, porque él se ríe y dice que todos los hombres roncan. No todos los hombres roncan; pienso en un ejercicio de lógica, me repito el mantra, también me digo que esta vez menos drama y entonces le respondo que puede ser, quizás todos los hombres ronquen pero no todos los hombres compran Respira Mejor. Entonces él se ríe de nuevo, porque todo –incluso lo que a mí me hace feliz- a él le da risa y eso, de a poco, nos acerca a un happy ending.
viernes, 3 de febrero de 2012
Verano sin luz [A little memoir]
lunes, 30 de enero de 2012
Lavar- las-penas
Y un día se fue de la casa y no se olvidó nada. No hubo excusas para que nos viéramos de nuevo. Cada vez que marcaba su número me sentía como una pirex que se rompe y también como toda la polenta que chorrea con el queso y queda pegada en el piso del horno. La frustración, el fracaso, la falla, la rajadura. A veces quería llamarlo para decirle que se llevara la casa; que había cambiado los muebles de lugar, tirado todos los cepillos de dientes y desodorantes, intentado borrar las marcas que había hecho en mis libros, puesto palosanto en todos los ambientes y que la casa lo seguía representando a él.
Me siento en el sillón y miro la pared blanca de enfrente. Me concentro en decir esta casa es mía, me mudé hace poco y quiero a la casa antes que a él. Esta casa es mía, no suya. Él no tiene nada que ver con la casa y tampoco conmigo. La casa y yo existimos antes que él. Él vino a la casa y yo lo recibí; pero la casa no, y ahora yo tampoco. Yo me quedo en la casa porque la casa es mía; siempre fue mía. Y él de repente dijo que yo había convertido un hogar posible en un lugar de mierda porque no hacía más que pasearme en piyama con ojeras de tanto llorar sin ganas de cocinar ni cenar, ni cojer ni mimar ni lavar ni hablar ni levantar los pies ni mirarlo a los ojos. Y la casa no me hacía reproches; pero él me hacía reproches de la casa y de mí con la casa pero sin él. Y entonces un día se fue. Y no se llevó nada porque todo en la casa era mío; pero la casa lo recuerda. Y miro fijo la pared. Y digo que la casa es mía; y la manta del sillón huele un poco a él y me distraigo y tengo ganas de apretarme los dedos contra la puerta solamente para pensar en otra cosa; para que se me hinchen los dedos y todo el mundo me mire con asco y entonces yo pueda imaginar que no es sólo él el que no me quiere; sino que hay dedos y gente que mira dedos deformados y siente asco y pena y dice “pobrecita, cuánto dolor” pero en cambio agarro la manta y tiro rápido y fuerte para que salga todo el olor; como el polvo o como los espíritus en las películas de terror y cuando quiero acordar tengo los cachetes inflados y estoy conteniendo la respiración aunque no aguante más porque no quiero olerlo; tengo la manta en la mano y no quiero llorar. Esa manta no tiene nada que ver con él, ni siquiera conmigo. La manta estaba con el sillón cuando me mudé. Pero la manta huele a él y no a mí o al churrasco que hice ayer a la noche.
Tengo la manta en la mano y empiezo a llorar. Me quedo sin aire y desinflo los cachetes. Lloro, respiro y huelo y los cachetes que me duelen por adentro porque estuvieron mucho tiempo estirados y ahora están volviendo a la normalidad y los tejidos y la sangre que circula sanándolos; porque no es posible permanecer mucho con los cachetes inflados ni que queden secuelas serias de eso.
Salgo al patio y el lavarropas tiene la boca abierta y el gesto es consolador; pero el tambor es chico y hago fuerza para meter la manta. Pienso en que el lavarropas puede escupirla cuando se hinche con el agua y el jabón que huele a lavanda o violetas. Y me la devuelva, para que me haga cargo de los olores y use la manta para taparme cuando hace frío y deje el sillón al descubierto y destartalado, roto, viejo, verde botella marcado por cigarrillos de fiestas que ocurrieron antes de que yo habitara la casa y que entonces quizás me evoquen situaciones y personas desconocidas sin que duela tanto ni tanta imbecilidad puesta sólo en una manta o en una casa o incluso en una persona que está dormida en otro sillón, en otra casa y que, seguro, ya huele distinto.