jueves, 6 de diciembre de 2012

WIP: Diario de camas.



Estoy gorda. Me miro en el espejo y me digo que estoy gorda. Ahora estoy gorda. En la internación estuve hinchada. La panza, la papada, las piernas, los pies. Tenía tobillos de abuela, y una panza rara, biafrana como las fotos de la National Geographic, todavía la tengo para afuera, es la presión del corset. Después estuve flaca flaquísima. Ahora engordé de nuevo. Como antes del accidente. En la clínica me puse contenta con la pérdida de peso y eso no tuvo nada que ver con ver el vaso medio lleno. Nada tuvo nunca que ver con un vaso medio lleno o medio vacío. El accidente, la operación y la internación fueron cosas que pasaron. En realidad fue una sola cosa que pasó porque la conexión entre una y otra y otra la une, la pegotea, y las cosas del accidente con las cosas de la operación con las otras cosas que sobrevinieron con los días y días de internación se superponen y hoy, hay días en los que me cuesta distinguir cuál fue por qué.
Hay una anécdota que circula en mi familia sobre un matrimonio amigo que acabó por separarse cuando se descubrió que el marido tenía un vínculo extramatrimonial que no era exactamente una familia paralela pero se le parecía bastante. La historia cuenta que cuando la mujer fue a la dietética del barrio pocos meses después del suceso, la encargada que, como la historia transcurre en una pequeña ciudad del interior, conocía la historia incluso antes que los protagonistas, porque en esas ciudades todo se sabe y todos se conocen entonces la encargada es la hija de que está casada con y vive en, le dijo que la veía mucho más flaca. La mujer, silenciosa y reservada, apenas sonrió al comentario y dijo “¿si? Puede ser”; entonces la encargada  le entrega las nueces o la fruta abrillantada o el té de tilo, la mujer paga, y cuando la encargada de la dietética le da el vuelto, levanta los ojos de la caja y con una sonrisa entre burlona y cómplice le dice “¿Viste?, no hay mal que por bien no venga”.
Un poco lo que quiero decir es que la desgracia nos obliga a ponerlo todo en perspectiva. No podemos tolerar la idea de tragedia o de desgracia sin más, siempre hay gente que está peor y siempre hay algo positivo —material o metafísico – real o frívolo— para sacar de las experiencias. Por ejemplo, yo sigo escribiendo. Algo que no estoy segura de que me interese, me da fiaca, me frustra, hay días en los que no quiero hacerlo más, no tengo ganas, no quiero hacer el esfuerzo, no me interesa; prefiero leer, prefiero ser flaca, prefiero trabajar, prefiero escuchar música, prefiero hacer dieta y sentir que me desmayo en el subte porque me baja la presión o prefiero que mi novio me ame. Pero tengo que hacerlo, escribir para ordenar los recuerdos, armar un registro escrito de los fragmentos que en este momento creo que valen la pena y que leído en  10 años (y ni que hablar en 20 o en 50) no va a tener más sentido que, quizás, la amargura. Gran parte de lo que me recuerde, entonces, la escritura se habrá perdido por muertes, rupturas, ciclos.

Lo más importante no es recuerdo, está en mi cuerpo.

Mi papá no vino a visitarme ninguno de los treinta y cinco días que estuve internada. Una sola vez hablamos por teléfono cerca de diez minutos. Él había recibido un libro que yo había pedido por internet y lo llamé para decirle que ese libro era urgente, que lo necesitaba, que quería leerlo, devorármelo porque era uno de los finalistas del Pulitzer, premio que quedó vacante en la categoría de ficción este año. ¿Ah, no lo sabías? Y entonces aproveché otros cinco minutos para explicarle la problemática. Era mentira. Mientras estuve internada solo me interesó leer revistas de chismes con rubios y famosos, moda y tendencia para la temporada porque había perdido seis kilos y este verano iba a ser una bomba y, cuando tenía un poco más de ánimo, hojeaba revistas de Asterix que me había traído una amiga. Los galos irreductibles que solo temen una cosa: que el cielo se desplome sobre sus cabezas. Papá dijo que seguro me traería el libro ese día. Tenía que trabajar cerca del sanatorio. Pero no lo trajo. Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. Ana Karenina,  600 páginas, 135 años desde su publicación, siempre vigente. La familia, el amor, el engaño, la infelicidad, la muerte o el suicidio son temas atemporales, inagotables.
La familia es una revolución, es girar infinitas veces sobre un mismo eje.
La familia es un bigbang, es un estallido desde la singularidad que da origen a múltiples universos que se expanden infinitamente para después empezar una progresiva, lenta y dolorosa contracción hasta el colapso.
Por Tutatis

Durante mucho tiempo sostuve que escribir curaba, que era posible sanar relaciones, traumas, dolores, sueños y fantasías con la escritura. Potenciar obsesiones hasta el aburrimiento, escribir siempre de lo mismo hasta que me dé igual y pierda el interés. Entonces me siento frente a la computadora, pruebo otra cosa, busco otro tema, busco inventar, busco las palabras mágicas para convertirme en Roald Dahl. Abro —de manera inevitable— mi casilla de mails y busco un ejercicio, lo conecto, también de manera inevitable, con alguna experiencia. Entonces si la consigna consiste en usar la frase “casa roja”  voy hasta el pueblo de mis abuelos, el techo, un cielo en verano a las siete de la tarde, la casa imaginaria del carnicero de las pesadillas. Pero escribir sirve para acumular: horas en la silla, frustraciones, dolores posturales, trucos, técnicas.
Escribir sobre la escritura se convierte en una experiencia vital y como todo lo vital es insatisfactorio. El presente.

Pero vos deberías estar agradecida de vivir

Escribir cura.
Los niños sin bautizar quedan en el limbo.
Mi mamá durmió conmigo, mi novio duerme conmigo, las enfermeras durmieron conmigo.
Y estoy gorda. Me veo gorda. FFFFFFFFFFFFFF
FFFFFFFFFFFFFFFFF
Fofa.
Me fijo como me siento, si aprieto la pierna contra la silla se hace el pozo. El poro abierto, el pelo encarnado.
La celulitis.
Y entonces suena el teléfono.
¿Nos vemos esta semana? Sí, por qué no. Te paso a buscar en 15. Dame 25 que estoy sin bañarme
No sé cuál es la onomatopeya para el sonido de una bocina.
Suena una bocina en la calle
Suena el tiru tiru del Blackberry
Los jóvenes nunca tocan el timbre y
Te avisan que están en la puerta sin bajarse del auto.

—¿Sabés qué significa Adidas?
—No.
—All Day I Dream About Sports.
—Mentira.
—¿Por qué?
—Porque nadie puede soñar todo el día con deportes.
—Es cierto, eso era una publicidad.
—Ah.
—¿Sabés qué sigfinica A.Y. not dead?
—Alfredo Yabrán not dead.
—¿Cómo sabías?
—Porque uso ropa carísima y alternativa antes que vos.

En las primeras conversaciones hay algo de “mirá toda la cultura pop que tengo encima”, “cuando terminé el colegio me fui 6 meses a EE UU en work & travel”, “hagamos lo que vos quieras, yo tengo ganas de cualquier cosa”.
El tiempo es un síntoma.
En la cronología nos volvemos más valorables “¿para la navidad pasada estábamos juntos?”, “sí, sí, pará, en las fotos del cumple de Luchi aparecés”,   y entonces surgen nuevas conversaciones porque nos creemos menos prescindibles.

El accidente, barajar y volver a dar.
Aun así
Un coup de dés jamais n'abolira le hasard.
Y hablábamos de cualquier cosa, él me hablaba para distraerme, me preguntaba cómo eran mis días sabiendo que mis días eran todos iguales.
A las cinco me cambiaban el antibiótico.
A las seis era el cambio de enfermeras
A las ocho traían el desayuno.
Al tercer día pedí que dejaran de traer café, el olor llenaba el cuarto, yo no podía tomar café, no quería abrir los ojos tan temprano y las tostadas se engomaban de vapor y el café frío no lo tomaba nadie.
Hubo un tercer día.
Hubo una variación el tercer día.
A las nueve la enfermera de la mañana pasaba por el cuarto.
A las 10 me bañaban y entre dos también cambiaban las sábanas.
Cuando se iban mamá me ponía crema y me daba el perfume. Apretar el pulverizador era mi gesto de independencia.
Mel Gilbson con un corazón en la mano.
Entre las 11 y las 13 venían los médicos  por primera vez
A las 12 traían el almuerzo.
A las 13 mamá bajaba a fumar
13.30 se quedaba dormida y yo, en general, empezaba a levantar temperatura.
J llegaba entre las 11 y treinta y las 13. Después tenía que trabajar

Yo sabía que pasaría de nuevo por la noche.
Los hombres como él no abandonan.
Él no abandonó.

Hubo pequeñas variaciones en nuestro ánimo en los treinta y cinco días.

Pero el relato del amor se arma con la tristeza y el fin para literaturizarlo sin culpa. Porque ya se terminó, porque no hay que dar explicaciones ni  decir te amo.

Digo te amo con la cara, con las manos, con emoticones, con times new roman 12, en gtalk, en bbm, en twitter.

—Vos te amás a vos misma y a nadie más.
Decir te amo con culpa.
Decir No quiero coger.
Tengo un sexo
Tengo un cuerpo
 TODO SECO
Hacelo por él, hacelo por vos, 
Hacelo por mí, por todos. 
RECUPERATE PRONTO.
Decir SÍ quiero coger.

Vamos a un telo que debe haber sido todo lujo y estilo en los 90s, pero que ahora está gastado, demodé, el piso tiene alfombras y qué idea pésima teniendo en cuenta la cantidad de personas y fluidos que pasan por ahí.
Todo es MULLIDO.
Como si supieran.
Me rechinan los dientes.
Hay sillones y tapizados con estampas opacas, cartelitos de placer, romántica latina sonando en dos parlantes; una televisor noblex 21’’ sobre una mesita con reborde en dorado, la pintura algo salida, las cortinas son pesadas. Enfrente hay una clínica neurológica. El papel higiénico es ordinario.
Siempre distingo la calidad del papel higiénico por el color.
 Puede consultar nuestra gran variedad de juguetes sexuales en la recepción dice un folleto sobre la mesita de luz.  DESINFECTADO. Las tiritas de papel en el inodoro no son confiables.

Necesito ayuda para sentarme y pararme. Salí del sanatorio hace menos de una semana. En el techo hay un espejo. Todavía estoy flaquísima. Pienso en que mi cuerpo se parece al de Patti Smith. Me miro en el espejo y me pongo de costado. Nunca dejo de mirarme.
Horses horses horses.
No es la primera vez que estoy en un telo
Sin embargo, es la primera vez que estoy en un telo.
Si prende la luz, lo veo lavarse las manos porque el acrílico negro que da al jacuzzi que no vamos a usar es traslúcido. El olor a goma me descompone.
Mis enfermeras no usaban guantes, casi nunca.
Los guantes eran azules.
En mi operación los médicos usaron, de acuerdo al inventario del quirófano que figura en mi historia clínica, seis pares de guantes cada uno.
En algún momento dijeron “ya” y en lugar de rotar como en el voley o en el juego de la silla, se sacaron los guantes que sonaron secos, como una sopapa, que es como suenan los guantes cuando uno tiene práctica y se los saca en un solo movimiento, se pusieron un par nuevo y siguieron operando.

—¿A cuántos telos fuiste en tu vida?
—No sé, a dos o tres.
—¿Dos o tres?
—No sé, dos.
—¿A este habías venido antes?
—No, nunca.
—¿Segura?
—Sí, ¿por qué te voy a mentir?
—No lo sé. Mentís seguido.
  
Había mucha sangre. Yo no la vi, pero es obvio.





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