jueves, 19 de abril de 2012

Comment est-ce qu'on dit pas non plus?

Me siento en la cama y le digo que la puerta de calle está sin llave. Él ya está vestido, aprovechó mi ida al baño para levantarse y hacerlo. La puerta del baño no cierra porque el marco está hinchado. El vecino tiene rajaduras en su terraza y el agua se cuela hasta mi pared. La mancha de humedad crece grande y amarilla como una miga de pan en leche y vainilla para hacer budín. El olor que despiden las paredes no es dulce ni a vainilla. Las paredes no despiden olor. Las paredes no huelen. Yo me acerco y toco esa pared con la palma de mi mano abierta. Quiero hacer una pintura rupestre, pero la pared mojada no destiñe, no me pinta la mano. Chorrea, transpira, van apareciendo gotitas y le busco los poros a la pared. Se me humedece la mano, sigo la línea del agua, llego al marco de la puerta. La madera está mojada, la puerta rebota, no entra en el marco que creció y la puerta ahora le queda chica y entonces se escucha todo lo que pasa en el otro ambiente. El baño se comunica con la habitación por una puerta y con el patio por la otra. Él se viste y yo entrecorto el pis para escuchar mejor. Suspira o aclara la garganta, en cualquier caso pronuncia lenguaje inarticulado. El silencio lo incomoda. Yo tengo el ruido del pis, de mi pis, en mi baño. Y tengo sus ruidos pero que él no percibe. Siempre voy a ser más fuerte que él. Más fría y más frívola. Más dramática y egoísta. Más musical. La playlist del living se terminó hace un rato largo pero ninguno de los dos hizo nada. Era Belle & Sebastian. La eligió, agarró mi computadora y abrió el Itunes mientras hacía una evaluación panorámica de mi living—ese que había estado a instantes de ser nuestro— y decía que lo encontraba más luminoso, ordenado, armónico. Que lo encontraba cambiado, aclaró que cambiado significaba cambiado para bien. Pasó del living a la habitación y rió sorprendido. Repite que las cosas han cambiado, que ve todo más acomodado, pensado, decorado. Menos hippie y más indie. Más tuyo. Después mencionó algo sobre la madurez y dio play a “The boy with the arab strap”. Él escucha esa música cuando está conmigo o cuando se acuerda de que estaba conmigo, siempre la escucha desde la nostalgia; me escucha desde la nostalgia. Y así nos miramos y nos besamos. Mediados.

Antes de tirar la cadena y de que todo se ahogue en el sonido del agua que sale por un lado y entra por el otro, se pone el pantalón. Se pone el jean y sus piernas son el raspón, rápido y agudo, el sonido del jean que es como sonarían las cosas cuando pasan rápido y cortito por un tubo o como deberían sonar porque así suenan las piernas cuando se meten en los pantalones de tela de jean y que preanuncian los botones, los cierres y, en algunos casos, las hebillas de los cinturones. Se viste y yo me miro en el espejo. Tengo ojeras y la boca hinchada. La barba me irrita la piel. Se sienta en la cama. Salgo del baño y apenas gira la cabeza. Se está poniendo las medias que había dejado ordenadamente una adentro de cada zapatilla junto con el celular, las monedas y las llaves. Estoy desnuda y es injusto. Él golpea el piso después de ponerse la zapatilla como para asegurarse de que está bien, firme, de que no va a salirse o de que siempre puede hacer más ruido. Cruza sus piernas y yo paso por adelante. Apenas me mira. Y no me mira como los hombres miran a las mujeres desnudas. Apenas levanta la cabeza, como si sintiera la vergüenza o el pudor que genera la desnudez cuando no es esperada. Le doy la espalda mientras busco en el placard. Me visto como para dormir o como para taparme y sentirme menos desnuda, igualarnos. Me siento en la cama. Él se para y nos miramos un rato, mediados por el silencio ahora, siempre asimétricos. Descubrimos que ninguno va a llorar o a volver a llamar y eso también nos une; o al menos nos acerca. Y no nos movemos porque necesitamos que el final sea poético o por lo menos grandilocuente. Ser solemnes con esa relación que no fue pero que nos hizo más hermosos y entonces no podemos tolerar la idea de lo vulgar; de que nuestra despedida no nos inspirará en el futuro aunque lo vergonzoso es que no nos inspire en el presente; y entonces dejamos de mirarnos y dejamos de movernos. Recordamos que a veces quedan los gestos y entonces se acerca y nos abrazamos.

—La puerta de calle está sin llave—le digo desde la cama. Me acaricio la rodilla con la pera y lo miro. Abre la puerta de mi casa y mira para la habitación. Señala la cerradura y me dice que no me olvide de poner llave antes de dormir.

Ninguno se anima a decir que ya no duele.

sábado, 3 de marzo de 2012

Flora y fauna [notas]

Riego mis plantas casi todos los días. Uso una regadera azul y de plástico que me salió siete pesos hace un par de años. Todavía tiene el precio dibujado con marcador indeleble.

No tengo muchas plantas. Tenía solo dos y ahora trasplanté una, la corte por el tallo y puse el tronquito en un frasco con agua para que le volvieran a crecer las raíces. Todos los días me acerco y la miro. No sé cuándo será el momento de volver a ponerla en tierra. Las raíces son gordas y blancas, y crecen solo del lado derecho.

Gise es correntina y trabaja en casa. La abuela diría que es la “empleada doméstica”; mamá diría que es “la chica que me ayuda” y yo un poco que pienso que es una heroína que evita que la casa se venga abajo y deja todo oliendo bien y ordenado una vez por semana. Gise me dijo que no me olvide de cambiar el agua cada tanto, para que no se críen mosquitos ni dengue. En verano siempre hay mosquitos en mi casa. Y como el otro día conocí a una chica que casi se muere de dengue, ahora me angustio cada vez que me veo la roncha que se deforma mientras se irrita la piel entonces pongo sahumerios de citronella en el baño, espirales en el patio y pastillita fuyí en el living y en la habitación. En la cocina no pongo nada.

Esa planta –que ahora está sacando nuevas raíces- fue la única que sobrevivió a un accidente doméstico: hubo un verano en que decidí viajar un mes por Australia para irme de la casa en que había formado y roto una pareja –tal vez la más difícil que vaya a tener- entonces llené la pileta del patio con agua y metí las macetas adentro. Un mes es mucho tiempo y enero en Buenos Aires es muy caluroso, especialmente si uno vive en un ph con toldo metálico como es mi casa. Antes, había llevado mi tortuga a casa de mis padres para que la alimentaran y cuidaran. Las tortugas viven del verano.

La mayoría de las plantas se pudrió mientras yo viajaba pero no surfeaba olas ni conseguía un novio rubio y con rastas; los días en Australia fueron en su mayoría grises y lluviosos. Elegí una estación de tren por día para sentarme y llorar.

Sentí el olor antes de abrir la puerta cuando volví. Eso que yo quería sacarme, el olor a muerto, estaba en la casa más fuerte y con forma de pantano en la pileta de lavar la ropa. Pero muerto que se está pudriendo todavía, no muerto del que quedan huesitos y algunos pelos.

Había una que parecía tener todavía una chance íntima de sobrevivir. La saqué, la cuidé, la puse al sol todos los días, puse colillas de cigarrillo en un vaso con agua como hacía la abuela cuando quería curar una planta de hongos o de bichitos. Mojaba el algodón en esa agua caramelo, whisky, camello transpirado del zoo, lo pasaba por las hojas y por el tallo y lloraba.

Lloré recordando que dicen que uno debe cuidar una mascota o una planta por más de un año sin que se muera para saber si está listo para traer vida a este mundo; lloré porque había sido el deseo irracional y caprichoso –si es que cabe otra calificación para los deseos- de un hijo o una familia lo que había roto la relación; sobre todo lloré porque entonces eso lo hacía tener razón; no era momento para pensar en eso, como decía.

Fui y me compré un cactus de tela. Lo pinché como un muñequito vudú con alfileres de cabezas de distintos colores y apilaba papelitos. Lo puse arriba del escritorio y pensaba en qué ese no podía morirse y que los pinchazos no podían dolerle. La otra planta, en el patio, me devolvía la cara de la enfermedad, la (ir)responsabilidad y el capricho.

Nunca busqué la tortuga en lo de mis padres. Nunca miro el piso cuando camino, me hace doler las cervicales. Me agotaba la paranoia de que la tortuga se moría en cualquiera de las oportunidades que la pisaba o pateaba. Un día lo acusé a él de haber matado a mi tortuga. Le dije así, mataste a la tortuga, te odio. La semana siguiente nos separamos; y no había matado a la tortuga.

Para mi cumpleaños me regalaron una bici y una planta. Me aclararon que era una planta de interior, que no le gustaba mucho el agua. Esa planta parece una cebolla cuando brota. Cuando le falta riego las hojas se caen, como las comisuras de las bocas de los viejos y entonces la meto debajo de la canilla, primero y después me siento en un banquito y con un trapo limpio hoja por hoja, sin paciencia, con ganas de terminar rápido. Nunca se me ocurrió besar a una planta. Sin embargo un día lo hice. Besé una hoja. No sentí nada. Ni siquiera parecido a cuando beso la comida que no voy a comer y tiro a la basura.

Me gustan más las macetas que las plantas. Pero me gustan más los árboles que nadie riega.

La tortuga apareció muerta atrás de la heladera de la casa de mi mamá. Lo descubrí por el olor. La encontré electrocutada. Les grité que me habían matado a la tortuga y me fui a trabajar. La culpa de la muerte. Esa tarde, papá compró otra tortuga como quien compra un foquito nuevo para cambiar el que se quemó.

La tortuga nueva le come las plantas a mamá. No tiene nombre. Y mamá la odia. Porque se come sus plantas y porque se siente culpable. Mi tortuga se llamaba Tilde.

En mi patio hay un grillo. Se come mis plantas. Lo miro de lejos, pero no quiero tocarlo. Los grillos traen suerte; o la responsabilidad de su muerte trae mala suerte. Papá también dice que se comen la ropa. Pero eso pasa si están en los placares, no en las plantas. Quizás confunde a los grillos con las polillas.

Mi grillo no canta, grita. Y un día desaparece del patio. Lo busco en el placard, espero que se haga de noche, pero no lo encuentro. Extraño un poco el ruido del grillo, pienso cuánto más que una mariposa puede vivir un grillo y pienso también en que quizás las mariposas viven más de un día pero es el único insecto lindo y todo lo bello debe morir joven por una suerte de deber poético.

Nunca hubo una mariposa en mi patio. Ni un cadáver de mariposa. En mi patio, insectos de los feos y comunes y algunas lagartijas en verano.

Gise mató una lagartija y la dejó en un frasco de mermelada. Mientras mataba a la lagartija rompió mi jarrón favorito. El único en el que entran las calas que compro cuando camino por la calle Sarmiento. No me animé a decirle a Gise que tenía la culpa de que yo ya no tuviera donde poner las calas. Probablemente ya no compre calas ni jarrones.

Las plantas de mi patio son de las que no dan flores. Es culpa de ellas que no haya mariposas.

viernes, 17 de febrero de 2012

wishful thinking

Es difícil escribir a partir de los presentes felices. Nunca puedo contar una experiencia feliz mientras pasa. Siento que ahí no puedo indagar. La construcción es a partir del drama, de la angustia, del malestar, del nudo en la panza, del dolor de mandíbulas por un mal sueño la noche anterior. Me cuesta expresarme desde la felicidad tanto como me cuesta decir te quiero, te extraño, te necesito, esto me hace bien, feliz o mejor persona. O lo digo, pero tal como suena, sin variaciones. Envidio a la gente que puede hacerlo y le salen frases hermosas y casi únicas. A mí me pasa más como si habláramos de una greeting card a la que personalizo según de quién se trate. Me cuesta ponerle nombres a los sentimientos felices; no me sale. Quiero armar un discurso fluido y quizás sólo termino diciendo: podrías recortarte los pelos de las axilas, ¿no? Transpirarías menos. Un buen consejo es un sentimiento feliz. Se presume. Digo algo que sin dudas te va a hacer bien e incluso va a hacer que te veas mejor; sin pelos sobresaliendo por las mangas de las remeras, sin aureolas en las de colores, sin tanto pelo pegado en el jabón que compartimos. But suddenly, suena como una ofensa. ¿Te pido que me digas algo lindo y me decís que me recorte los pelos de las axilas? Me bajaste la chota al tercer subsuelo. ¿O sea que esta noche no cogemos? Solo vi terceros subsuelos en los estacionamientos del primer mundo. Acá no existen. ¿Imaginamos un vuelo y hacemos de cuenta que bajo, encuentro la chota y la subo? ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos con la ofensa que sobreviene a toda mala o sobre interpretación? Es una forma de decir: me preocupo por vos; y por mí con vos. En definitiva, cuando estamos juntos nos reflejamos; ¿no? Esa cosa de que uno se ve en su pareja y entonces lo más sano en realidad es que ninguno se sienta avergonzado de lo que el otro refleje. Spiegel Spiegel. No es que me genere demasiadas contradicciones que levantes el brazo para llamar al mozo y tanto yo como el resto del lugar veamos la aureola de transpiración y un pequeño enredo de pelos asomando. No es eso, pero estamos en el terreno de lo evitable. Just some advice, take it or leave it.

—Siempre que te cuesta decir algo, lo decís en inglés. Las primeras veces que hablamos me dijiste que era selfconfident y que eso era definitivamente un LIKE; y la vez siguiente me advertiste que eras highmaintenance. —

También dije que era una attention seeker casi patológica. Si no me prestás atención esto no va a funcionar. Tenés que mirarme, decirme que estoy linda con lo que me puse o más flaca o que te gusta la foto que subí a cualquier red social o el papelito que pegué en la pared. También es recomendable que te acuerdes de nuestras conversaciones y no repreguntes. Eso me da ganas de comerme las uñas y empacharme.

Me siento en el sillón y me repito vas a cansarlo, vas a cansarlo, vas a cansarlo hasta que se convierte en un mantra. Cuando suene el timbre voy a sonreír, voy a tener la comida preparada, voy a responder a todas sus preguntas sin cuestionamientos y me voy a bancar sus ronquidos sin despertarlo.

—Compré Respira Mejor. Al menos probemos si me funciona.

Y no le funciona del todo porque ronca como si respirara con todo el cuerpo o como si un montón de caballos, o de ganado o de cuadrúpedos pasaran en manada por encima de piedritas de colores. Pero dormir sola me gusta menos que los ronquidos. Y además está el gesto, la consideración, el registro del otro que no duerme y que te golpea para que gires y gires y dejes de roncar y la compra de unas banditas que expanden algo adentro de la nariz para que el aire pase sin tanta resistencia y entonces sin tanto ruido.

—Anoche roncaste un montón.

Decirle a la mañana siguiente vale, porque él se ríe y dice que todos los hombres roncan. No todos los hombres roncan; pienso en un ejercicio de lógica, me repito el mantra, también me digo que esta vez menos drama y entonces le respondo que puede ser, quizás todos los hombres ronquen pero no todos los hombres compran Respira Mejor. Entonces él se ríe de nuevo, porque todo –incluso lo que a mí me hace feliz- a él le da risa y eso, de a poco, nos acerca a un happy ending.

viernes, 3 de febrero de 2012

Verano sin luz [A little memoir]

Es verano y hace más de un día que estamos sin luz. En la pileta de la cocina hay una bolsa con hielo y en la del patio hay otras dos, una arriba y la otra debajo de las cosas que había en la heladera. Mamá, que vivió en el campo y no tenían heladera, dice que así al menos no se va a cortar la cadena de frío. Yo cada tanto meto la mano en la bolsa, saco un hielo, me lo meto en la boca, lo chupo un rato hasta que se me congela la lengua y entonces hago un huequito con la mano y lo escupo. Mamá me dice que me va a hacer doler la garganta, me saca el hielo de la mano, lo envuelve en un repasador y me lo da. Miro el paquetito y la vuelvo a mirar a mamá.

—No me duele nada—le digo

Papá, que está leyendo en cuero en una silla de la cocina porque cuando no hay luz no puede trabajar, me dice que es para que chupe de la tela el agüita helada del hielo mientras se está derritiendo.

—Como si fuera un helado, tus tíos y yo hacíamos eso cuando éramos chicos, porque tus abuelos no tenían plata para comprarnos siempre helados a todos.

Y claro, si la abuela parió cinco hijos en cuatro años. Vestirlos, calzarlos, darles de comer, mandarlos al colegio… mientras papá me habla, me acuerdo de las quejas que la abuela repite todavía hoy. Y, es muy lindo hacerlos, pero después… y se mezcla con la voz de mamá cuando habla con alguna tía sobre nuestra crianza. La mía o la de mis primos o la de alguna vecina que tuvo muchos hijos y que protesta en la verdulería, el mercadito o la plaza.

Le digo a papá que no existe el helado sin gusto; pero no le digo que, además, me da un poquito de asco chupar una tela, que para tomar agua puedo usar un vaso y ponerle cubitos y esperar a que se derritan en el agua. No tiene sentido chupar una tela con un hielo adentro, ni siquiera para mí.

—Que el helado no tenga gusto es una ventaja—responde papá— porque así vos le podés poner el gusto que quieras al helado. Y podés elegir un montón de gustos distintos y no uno solo como con los helados de palito. Mirá, dame el helado.

Estiro el brazo y le doy el hielo envuelto en el repasador que ahora gotea por una de las puntas. Papá se levanta, abre el repasador, saca un hielo de la bolsa, vuelve a cerrar el repasador, pone la boca como si fuera a dar un beso y chupa del repasador haciendo ruido.

—¡Cerezas a la crema! Me encanta. ¿Vos de qué lo querés?— dice devolviéndome el repasador.

Lo miro a papá y creo que puedo ponerme a llorar. Me miro la punta de las zapatillas para que no se me caigan las lágrimas. No me animo a decirle a papá que no le creo, que imaginar que el agua es crema y encima cerezas no me parece divertido o posible; y que además no quiero chupar el mismo repasador que acaba de chupar él. Cuando siento que ya se pasó el calor de la cara y de los ojos, vuelvo a mirarlo. Papá todavía sostiene el helado y me lo está alcanzando. La decepción me pesa en los párpados y la idea de que papá se dé cuenta me da escalofríos.

—De limón— le digo— pero no ahora, más tarde— y empiezo a caminar hacia el zaguán, que es la parte más fresca de la casa.

—¿Y por qué no jugás a la heladería? Podemos armar una acá, en la mesa— me dice cuando ya le estoy dando la espalda. Pero hago de cuenta que no lo escucho y sigo caminando.

Mamá, que está en el patio poniendo una manta sobre las bolsas con hielo y la comida para que se conserve mejor el frío, le grita que los hielos no son para jugar, que no me dé ideas a mí y más trabajo a ella. Desde el zaguán, escucho el eco del ay, vieja, vieja, que le responde papá antes de que todo en la casa sea silencio, y dentro de un rato también oscuridad.

lunes, 30 de enero de 2012

Lavar- las-penas

Y un día se fue de la casa y no se olvidó nada. No hubo excusas para que nos viéramos de nuevo. Cada vez que marcaba su número me sentía como una pirex que se rompe y también como toda la polenta que chorrea con el queso y queda pegada en el piso del horno. La frustración, el fracaso, la falla, la rajadura. A veces quería llamarlo para decirle que se llevara la casa; que había cambiado los muebles de lugar, tirado todos los cepillos de dientes y desodorantes, intentado borrar las marcas que había hecho en mis libros, puesto palosanto en todos los ambientes y que la casa lo seguía representando a él.

Me siento en el sillón y miro la pared blanca de enfrente. Me concentro en decir esta casa es mía, me mudé hace poco y quiero a la casa antes que a él. Esta casa es mía, no suya. Él no tiene nada que ver con la casa y tampoco conmigo. La casa y yo existimos antes que él. Él vino a la casa y yo lo recibí; pero la casa no, y ahora yo tampoco. Yo me quedo en la casa porque la casa es mía; siempre fue mía. Y él de repente dijo que yo había convertido un hogar posible en un lugar de mierda porque no hacía más que pasearme en piyama con ojeras de tanto llorar sin ganas de cocinar ni cenar, ni cojer ni mimar ni lavar ni hablar ni levantar los pies ni mirarlo a los ojos. Y la casa no me hacía reproches; pero él me hacía reproches de la casa y de mí con la casa pero sin él. Y entonces un día se fue. Y no se llevó nada porque todo en la casa era mío; pero la casa lo recuerda. Y miro fijo la pared. Y digo que la casa es mía; y la manta del sillón huele un poco a él y me distraigo y tengo ganas de apretarme los dedos contra la puerta solamente para pensar en otra cosa; para que se me hinchen los dedos y todo el mundo me mire con asco y entonces yo pueda imaginar que no es sólo él el que no me quiere; sino que hay dedos y gente que mira dedos deformados y siente asco y pena y dice “pobrecita, cuánto dolor” pero en cambio agarro la manta y tiro rápido y fuerte para que salga todo el olor; como el polvo o como los espíritus en las películas de terror y cuando quiero acordar tengo los cachetes inflados y estoy conteniendo la respiración aunque no aguante más porque no quiero olerlo; tengo la manta en la mano y no quiero llorar. Esa manta no tiene nada que ver con él, ni siquiera conmigo. La manta estaba con el sillón cuando me mudé. Pero la manta huele a él y no a mí o al churrasco que hice ayer a la noche.

Tengo la manta en la mano y empiezo a llorar. Me quedo sin aire y desinflo los cachetes. Lloro, respiro y huelo y los cachetes que me duelen por adentro porque estuvieron mucho tiempo estirados y ahora están volviendo a la normalidad y los tejidos y la sangre que circula sanándolos; porque no es posible permanecer mucho con los cachetes inflados ni que queden secuelas serias de eso.

Salgo al patio y el lavarropas tiene la boca abierta y el gesto es consolador; pero el tambor es chico y hago fuerza para meter la manta. Pienso en que el lavarropas puede escupirla cuando se hinche con el agua y el jabón que huele a lavanda o violetas. Y me la devuelva, para que me haga cargo de los olores y use la manta para taparme cuando hace frío y deje el sillón al descubierto y destartalado, roto, viejo, verde botella marcado por cigarrillos de fiestas que ocurrieron antes de que yo habitara la casa y que entonces quizás me evoquen situaciones y personas desconocidas sin que duela tanto ni tanta imbecilidad puesta sólo en una manta o en una casa o incluso en una persona que está dormida en otro sillón, en otra casa y que, seguro, ya huele distinto.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Putita

a @demimollo

por la anécdota.


*

—Hola gordo ¿Pudiste ver el mail que te mandé? Te marqué las opciones de cabañas en Bariloche que me parecieron más lindas. También te mandé un link a Mercado Libre. Es un sillón de tres cuerpos. Necesitamos un sillón antes de mudarnos. Bueno, cuando puedas fijate. No cuelgues. Besito. Te amo.

Lucía cortó el teléfono, tomó el último sorbo de café con leche y pensó que lo tenía todo. Un novio, un novio que tenía un auto, un novio con un buen trabajo. Un novio con el que se iba a ir de vacaciones en menos de tres días y con el que se iría a vivir cuando volvieran. Sonrió, besó a su madre, le dijo que no la esperara con la cena, que iba a llegar tarde y salió para la oficina.

Mientras caminaba hacia la boca del subte abrió su celular. Buscó en la M. Ya en el andén llamó a Maca, el celular sonó tres veces.

—Hola bebé.

—Hola Marto ¿cómo estás?

—Bien, nena. Quiero verte. No me respondiste los mails, no me respondés los sms. Me tenés abandonado.

—Martín, te estoy llamando ahora. Yo también quiero verte. Hoy a la noche Juan juega al fútbol con los amigos y después cenan.

—Te paso a buscar por la oficina.

—No, mejor nos encontramos en Godoy Cruz y Paraguay. Tipo ocho y media. ¿Dale? Tengo muchas ganas de verte, Marto.

—Te voy a romper, putita hermosa. Nos vemos ahí.

**

Lucía llegó a la oficina, saludó a sus compañeros mientras caminaba por el largo pasillo y le hizo señas a Sonia de que cuando tuviera un minuto la llamara por el interno. Se miraron cómplices. En su cubículo, se sentó frente a la computadora y vio las carpetas con datos que tendría que ingresar. Pensó que no eran tantas y que si terminaba antes podría pasar por la depiladora. Juan siempre le había hablado de su perdición por las conchas peludas, pero ella sabía que a Marto lo enloquecía apenas un hilito finito de pelos. Y en la cama, los gustos eran para Marto. Antes de ponerse a trabajar, abrió su casilla de mail. Un mensaje nuevo en la bandeja de entrada. De: Martín F. Asunto: Esta noche. Le dio un click.

“Desde que me llamaste que no paro de pensar en cómo te voy a llenar el culo de leche hoy a la noche.”

Lucía no se sonrojó. Volvió a la bandeja de entrada e hizo click en redactar. Para: Juan Cador. Asunto: No te olvides.

“Gordo, plis mirá las cabañas y hacé la reserva de la que más te guste. No puedo esperar a que estemos allá. Te amo. Lu. Pd. Teamoteamoteamoteamoteamoooo!”

Lucía metió la mano en la cintura de su pantalón y lo estiró. No recordaba qué bombacha se había puesto esa mañana después de ducharse. Enganchó con el dedo índice el elástico y lo subió. Una vedettina color piel de las que se compran por tres en Farmacity. Se golpeó la frente con la mano. Decidió que durante la hora del almuerzo iría a la mercería y se compraría alguna tanguita, con algún encaje, algo lindo que usaría sólo con Marto. Para Juan, ya sabía, sólo bombachas de algodón blanco. La simpleza de lo cotidiano—pensó—. Se reclinó en su asiento, suspiró y se dijo para sí que lo tenía todo.

***

El radioreloj de Juan se prendió a las ocho de la mañana. Del parlante salió la voz del cantante de Belle and Sebastian “the blues are still blues”. Juan estiró la mano y golpeó la radio en el intento de cambiar de dial mientras decía “indies de mierda”. Se sentó en la cama y miró el poster de Volver al Futuro que colgaba de la pared. Iba a extrañar las caras de Marti, Doc y al espléndido Delorean todos los días cuando se levantara. Pero Lucía había sido terminante. El poster podía llevarlo a la casa de su mamá de nuevo, dárselo a su hermanito o a algún amigo soltero. No iba con la onda que ella quería darle a la casa. “Ambiente minimalista, gordo” había dicho. Y él le había dicho que sí.

****

Juan puso la pava al fuego mientras abría el grifo de la ducha y llamaba a la agencia para ver si iba para allá o tenía que ir a alguna reunión con clientes. Respiró profundo y pensó que uno de los mayores placeres de ese departamento era la temperatura que la loza radiante repartía en partes iguales en todos los ambientes y que le permitía pasearse en bolas demorando el momento de vestirse lo máximo posible. Pensó que cuando Lucía se mudara, ya no iba a poder hacerlo. Otra cosa que tacharía de la lista: jugar a la play en bolas hasta las tres de la mañana.

—¿Qué hacés capo?— respondió Gabriel del otro lado del teléfono.

—¿Qué onda hoy? ¿Voy para allá? ¿Voy para algún lado?

—No, para acá. Che, ¿revisaste los mails? Lucho y Mario están enfermos. Necesitamos conseguir dos más para hoy o tenemos que suspender el fútbol.

—Estamos jugados. Trato de conseguir a alguien. Después lo vemos. En una hora estoy ahí.

Juan abrió su casilla de mails. Tenía cuatro mensajes. Dos eran de fotos y videos pornográficos que su jefe insistía en mandarle. Uno de Lucía. Uno de Gabriel. No abrió ninguno. Sacó la pava del fuego y se metió en la ducha.

*****

El teléfono del cubículo de Lucía sonó. Marcó con una regla el renglón en el que estaba y atendió.

—¿Qué pasa?— dijo Sonia

—Le voy a decir a Juan que esta noche vos y yo salimos. Quería avisarte para…

—¡Qué hija de puta que sos! Ajajajja ¿Todavía te ves con Marto?

—Nunca dejé de verme con Marto y tampoco voy a dejar de hacerlo.

—No te juzgo y soy tu coartada. Besito, loqui, sigo trabajando.

—Gracias. Te quiero.

******

Juan empujó la puerta de vidrio de la entrada del edificio de la agencia. Mientras escuchaba la cargada del conserje sobre el descenso del River, sonó su celular. Era Lucía. Miró su reloj. Eran las nueve y media de la mañana. Le agradeció a Movistar los números free. Atendió y escuchó atento las instrucciones de Lucía mientras esperaba el ascensor. No olvidarse de mirar las cabañas que le había marcado y darle el visto bueno al sillón que había elegido en Mercado Libre. Le gustaba que, a pesar de todo, ella le quisiera hacer creer que su opinión realmente importaba en este tipo de asuntos.

Cuando entró en la agencia no vio a nadie. Escucho risas desde la cocina. Toda la agencia estaba reunida alrededor de una Cremona gigante y una torta milhojas. No sabía de quién era el cumpleaños así que lo miró a Gabriel, quien le señaló con la pera a la recepcionista. ¿Mechi o Mery? No se acordaba cómo se llamaba. Se acercó y le dio un beso. MechiMery siempre olía bien y, además, estaba buena. Juan se preguntó si alguien de la agencia se la estaría cepillando.

*******

Juan se sentó en su escritorio, abrió el mail de Lucía.

“Amor, acá te mando una planilla de Excel con las opciones que más me gustaron. La que está resaltada en violeta es la que más me copó de todas. Es un poco caro, pero mirá el ventanal que tiene, es todo blanco, hermoso. Igual, si te gusta otra, yo no tengo problemas.

Y acá, el link con el sillón

http://articulo.mercadolibre.com.ar/MLA-117439253-sillon-3-cuerpos-nuevos-tapizados-en-ecocuer-_JM

Te amo.

Lu.

PD: ¿Mañana nos vemos, o no? Hoy ya sé que es día de futbol. Cuidate amor.”

Juan abrió la planilla y vio las diez opciones que Lucía había preseleccionado. Había comentarios resaltados en verde, amarillo y rojo. Fue directamente al violeta. Abrió el link e hizo la reserva por internet. En tres días estarían en Bariloche. Estaba contento.

********

A las seis de la tarde, Lucía apagó el monitor, ordenó el escritorio, agarró sus cosas y salió. Tenía tiempo para hacer todo lo pensado antes de encontrarse con Marto. Decidió mandarle sms a Juan.

“hoy salimos con Sonia. Ladies night out. Jaja. Te amo. Mañana hablamos. Besote”

*********

Gabriel le gritó a Juan de un escritorio a otro si había logrado conseguir a otros dos para el futbol. Juan apenas levantó la cabeza y la movió diciendo que no. Gabriel se levantó y se acercó hasta él.

—Bueno, hacemos pizza y campeonato de winin en tu casa. Cuando se mude tu novia se termina. Ya siento nostalgia —hizo un puchero burlón.

—Ni me hablés. Mandale mail a los pibes. Quiero terminar esto antes de irme.

El celular de Juan sonó avisándole que había recibido un mensaje. Lucía. Tenía planes. La llamó.

—Hola Lu, se suspendió el futbol así que nos juntamos con los pibes en casa. Si querés, cuando terminan su noche, podés venir a dormir a casa. Bueno, sí, creo que hay una muda de ropa tuya en casa, pero tenés razón. Nos vemos mañana. Besos. Pásenla lindo. Ahora te respondo el mail, sí. Leí todo. Besos.

*********

Marto y Lucía se encontraron en la esquina de Godoy Cruz y Paraguay pasadas las ocho y cuarto de la noche. Se saludaron con un beso en el cachete y caminaron, separados, media cuadra por Godoy Cruz. Entraron al telo.

**********

Mientras esperaba a que llegaran los pibes, Juan se acordó de que no le había respondido el mail a Lucía. Prendió la computadora y se sentó a escribir la respuesta.

“Lu, ya hice la reserva. El sillón me parece lindo. Si a vos te gusta, compralo y lo retiramos cuando volvemos del viaje.

Juan”

Enviar. Juan se quedó sentado en el sillón mientras esparaba que gmail le dijera que “su mensaje ha sido enviado”. Pensó que el mail era demasiado escueto y que después de la lectura, aunque tuviera la información básica requerida, Lucía le iba a hacer un reproche.

Si le mandaba otro, enmendaba el error. Otro de los reproches de Lucía: el siempre se la pasaba emparchando errores, alguna vez tenés que hacer las cosas bien de una. Cerró sesión en su cuenta y abrió la de Lucía. Compartir las contraseñas de redes sociales y casillas de mail era un voto de confianza que, según Lucía, hacían todas las parejas que no tienen nada que ocultar. Podía borrar el mail y mandar otro más pomposo y lleno de corazones como le gustaba a Lucía. Así, parecía que todo había salido “de una”.

Juan borró su mail y leyó, por primera vez, la lista de la bandeja de entrada de Lucía. De: Martín F. Asunto: Esta noche. Lo abrió.

“Desde que me llamaste que no paro de pensar en cómo te voy a llenar el culo de leche hoy a la noche.”

Lo volvió a leer. Se levantó, caminó por toda la casa puteando a Lucía. En la habitación, se quedó con los ojos llenos de lágrimas mirando a Marti y al Doc. Sonó el timbre. Caminó hasta el portero eléctrico y le abrió desde arriba la puerta a Gabriel y a Nacho. Fue hasta la computadora, se reenvió el mail a su casilla, apagó la computadora y entreabrió la puerta para que los pibes entraran cuando estuvieran arriba.

************

El sábado a la mañana, Juan cargó su bolso en el auto, pasó por la estación de servicio, cargó nafta, controló el agua y el aceite y pasó a buscar a Lucía por su casa. Cuando llegó tocó bocina. Salió Lucía con dos bolsos —uno en cada brazo— se acercó a Juan y lo besó. Atrás salieron el perro y la madre.

—Hola Juancito. Cuidame a la nena, eh. Jeje. Y vayan despacio que las rutas del sur son muy peligrosas

—Sí, Susana. Quédese tranquila.

—Chau, ma. Te aviso cuando estemos allá.

Lucía esperó que Juan cargara sus bolsos en el baúl. El segundo no entraba. Lo pasó al asiento de atrás.

—Ay, gordi. Sí, es un montón… pero la ropa de invierno ocupa un montón de espacio. Además, cuando volvamos ya dejo todo en tu casa. Estoy tan feliz.

—Yo también amor, la vamos a pasar joya.

*************

A las tres de la tarde ya estaban a la altura de Bahía Blanca. Juan le dijo que lo mejor era que hicieran noche en Neuquén y llegar a Bariloche temprano y descansados al día siguiente. Lucía asintió; le pidió a Juan que pararan en la próxima estación de servicio que vieran en la ruta porque tanto mate le había dado ganas de ir al baño.

Frenaron el auto. Juan le pidió que cuando saliera comprara galletitas y un paquete de chicles. Lucía se bajó del auto.

Cuando entró al baño, Juan también se bajó del auto. Bajó los dos bolsos de Lucía, los puso uno al lado del otro. Sacó un papel del bolsillo, lo enganchó en uno de los bolsos. Subió al auto, y siguió camino hacia el sur. Quería llegar a Neuquén antes de que anocheciera.

Lucía salió del baño —con el paquete de galletitas y los chicles— y buscó con la mirada el auto de Juan. Vio sus bolsos. Empezó a reírse. Gritó

—Juan, dale!! Ay, gordo. Hace frío. Dale, no jodas. ¿Dónde te metiste?

La gente alrededor la miraba. Lucía se acercó a sus bolsos, agarró el papel y lo abrió

“putita hermosa, ojalá algún camionero esté dispuesto a llevar tu culo lleno de leche de vuelta para capital. Te mando un beso. Juan”.