sábado, 15 de diciembre de 2012

Diario de camas II

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Pasé los primeros dos días de internación en una clínica sin resonador, congruente con el plan más bajo de una de las prepagas más antiguas y famosas que ahora tiene una publicidad con un montón de gente tirando de una soga para el mismo lado. Lo que nadie sabe es qué tiran. Lo importante es que la soga nunca se corta y que, desde unas nenas con uniforme de colegio privado, como algunos turistas en el desierto de Atacama o San Juan hasta una oficinista de vestido amarillo que se saca los tacos para tirar mejor y no resbalarse ni quebrar el taco de unos zapatos que deben costar una fortuna, tiran para el mismo lado.
Mis médicos decían que esa clínica era el submundo y todavía no sabían qué hacer: si meter cemento biológico por un agujerito en la espalda, ponerme un corset que aplicaban con calor y que sugería cuarenta días de reposo y baño seco o una operación más seria que suponía abrir la espalda, desgarrar los músculos hasta llegar al hueso, intentar, como en un rompecabezas ubicar las piezas de columna sueltas y que comprometían la médula y colocar, por último, dos tutores de titanio con clavos y un ganchito para sostener todo mejor. Después de cuatro días de Ateneo del equipo de neurocirugía del Hospital Alemán y una resonancia que ocurrió a las tres de la mañana en una clínica de Belgrano, una  madrugada de martes en la que Buenos Aires estaba tapada por una niebla que impedía al ambulanciero esquivar los pozos para evitarme el dolor de chocar contra una tabla de madera que hacía 15 horas tenía pegada a la espalda, después de la cara de preocupación y los labios apretados de tíos doctores, de clínicos recién llegados y de especialistas bien pagos con pantalones Cardon y camisas Polo, después de discutir con el servicio de médicos de la ART y decidir que mejor me quedaba con la prepaga porque así lo sugerían médicos y abogados que decidían todo por mí, después de no firmar papeles que auditores me ponían adelante, no por mí, que estaba drogada y firmaba cualquier cosa, sino por los demás, después de su porfiadez y mandarme a buscar dos veces con una ambulancia para intentar llevarme a una clínica peor, y que yo sabía que era peor porque había escuchado al médico decir que esa clínica no era una opción para mi complejidad, después de un traslado inesperado que me encontró sola en una habitación porque había mandado a Juan a comprarme un caramel machiatto al Starbucks de la otra cuadra y de pasar otros dos días enteros en un box de guardia en el instituto del diagnóstico y conocer a mi verdadero equipo médico, después de varios rescates de morfina y cambio de vías en mi brazo porque empezaba a inflamarme, después de aprender y repetir la palabra Keterolak cada vez que veía que se iba vaciando el suero con ese líquido mágico que se ponía amarillo cuando lo abrían y aparecía alguna enfermera, después de días enteros sin bañarme, sin que nadie me bañara y sintiera un olor a culo nunca antes conocido por mí, sin poder moverme, y pedir que me pasaran toallitas espadol por el culo, porque no podía más, el olor subía y los médicos subían las sábanas para hacerme pruebas de sensibilidad y fuerza, después de días en los que también me tiraba pedos adelante de todos porque siempre había alguien en la habitación y de días en los que no hacía pis por mi propia voluntad porque la sonda chupaba a su voluntad y apenas la vejiga recibía un poco de líquido, sentía el goteo en una bolsita plástica que colgaba de un gancho de la cama, después de mi primer —aunque no último— enema en la habitación —y en la cama— que configurarían mi casa durante poco más de un mes. Después de todo eso, me informaron que iban a operarme el domingo a las ocho de la mañana en uno de los quirófanos que están en el primer piso del Instituto Argentino del Diagnóstico y Tratamiento, uno de los más seguros, con mejores luces y equipos.
Antes de todo eso estuvo el accidente y el primer traslado del SAME a un hospital municipal (en realidad ahí está el submundo) donde me dijeron que estaba todo bien, no tenés nada es solo el golpe y me duele pero ahora vení y sentate en esta sillita porque no tengo camilla ni camillero ni nada para que puedas estar en posición horizontal y dejes de decir que te duele la espalda. Los golpes duelen, y había una médica china que miraba la radiografía con el mismo interés con el que uno hojea las revistas dominicales durante el desayuno del  lunes; estuvo el médico ecuatoriano que me pinchó varias veces la mano para encontrar una vena donde empezar a pasar solución fisiológica cuyo único propósito era cumplir el reglamento de que los pacientes deben ingresar en la guardia con una vía colocada para facilitar y no demorar el trabajo de enfermeros y médicos sin indicaciones que deciden en el momento; estuvieron mis primeras horas de guardia en un rincón oscuro donde lloré por la oscuridad, por la miopía, por la sonda que metían en mi vagina, pero especialmente porque tenía mucho miedo; estuvo mi mamá al borde del desmayo y mi novio asumiendo la responsabilidad de contener una situación que no estaba en sus planes, ni en los de nadie que con veinticuatro años, salud y carrera profesional se decide a encontrar una pareja con la que coincidan por lo menos esas tres características. El amor vino después y después del amor –o con él, qué se yo— vino la transformación en una relación de enfermero-enfermo, de caramelos duros a las 7 am, de helados de limón a las diez de la noche de un sábado de agosto, con lluvia y dos grados en la calle, de toallitas desinfectantes que acariciaban mi vagina, mi clítoris y que él pasaba con sensatez, dedicación y calentura de hombre joven; gesto que yo apenas podía responder con una sonrisa que era agradecimiento, tristeza, amor e incapacidad y  con el entrecejo apretado porque todo me dolía y no sentía nada.
Antes estuvo el baño en seco después de cuatro días, la tijera de la enfermera cortando la ropa, la negación a usar el mismo camisolín que pudo haber usado una futura madre, un paciente con apendicitis o un ya muerto enfermo de cáncer, la compra de un camisón en Caro Cuore como indicaba mi capricho, el grito, el miedo, el miedo, el grito, los rulos que siempre escondo, la tranquilidad de que hacía poquito me había depilado, la explicación de que todo iba a estar bien, no podían darme pruebas científicas, y por eso, en su lugar, me daban papeles que repetían que cualquier complicación que ocurriera, ellos –ELLOS— harían lo que estuviera en sus posibilidades para salvarme, pero que no podían asegurar que eso fuera lo suficiente para salvarme y que entonces, por favor firma ahí, donde está la línea punteada. Les juro, les juro a todos que no voy a demandarlos si quedo paralítica o si me muero porque me avisaron y yo les di mi consentimiento. Me dijeron con buena fe que todo iba a salir bien, y que si no, iban a hacer todo para que saliera lo mejor que estuviera a su alcance. Eso tenía que tranquilizarme. Eso y que los médicos vinieran y se presentaran y olieran bien. Eso reconfortaba. Y entonces disimulaba las lágrimas y la garganta cerrada, porque en realidad estaba cagada en las patas. Porque siempre con mamá nos manejamos bárbaro con la gotita y Farm X, porque nunca hubo una visita a la guardia, ni una operación, porque mis abuelos ya estaban un poco muertos cuando yo tuve conciencia y mi abuela más longeva se murió sin enfermedad en el cuerpo una noche de julio, cumpliendo su promesa de no llegar a los noventa.
Así, el hospital era un mundo desconocido, inexplorado y difícil de explicar. Mirta me decía que no dijera hospital porque no era un hospital, era un sanatorio, una clínica, hospitales son los públicos, a esos que va todo el mundo, en el que se queda el que no tiene una obra social ni una prepaga ni una familia de clase media que pueda pagar una habitación por un par de días. Siempre esperando que esa semana prometida por los médicos no se prolongue; en cuyo caso yo sería la excepción porque, a riesgo de arruinar todo lo que me queda por contar y entonces por escribir, mi internación duró 35 días. Cada uno de los días que estuve internada le costó a la prepaga alrededor de 3000 pesos, lo cual incluía la medicación que me pasaban y que siempre era nueva y distinta y más fuerte porque había que probar para que se fuera la fiebre sin abrirme de nuevo, ya tuvo suficiente. No incluyó las dos veces que entré en el quirófano. Las propinas violetamente tentadoras las pagaban mamá o Juan dependiendo quién estuviera en la habitación. Las enfermeras fueron hermosas conmigo. Me lavaban el pelo, tomaban la temperatura del agua, me acariciaban la cabeza y me daban calmantes. Conocía sus rutinas y cambios de turno, les contaba los highlights del día, fiebre, de cuánto, sí fui de cuerpo, varias veces, este antibiótico me re descompone de la panza, ¿pis? Estás tomando líquido, sí muchísimo, dame el dedito, pulso cardiaco todo perfecto, un pinchacito y evitamos el ACV, arde arde arde, te lo pongo en la panza para que no se te vea el moretón, no te preocupes que de acá no me voy, ponela en el brazo y comé un poquito, no llores, no llore mi niñita me decía Roxana, una de mis últimas enfermeras, que conjugaba mal los verbos irregulares.
Pero eso fue mucho después. Al principio, como decía, no entendía qué hace la gente en los hospitales cuando está internada. Sabía que no podía moverme de la cama, que solo podían girarme los enfermeros y en bloque y que tenía que permanecer en esa posición hasta que los médicos decidieran qué hacerme. La primera idea fue entonces que ese lugar pudiera convertirse en una suerte de spa. Le dije a Juan que me quería pintar las uñas; que me sentía fea y entonces él compró esmaltes OPI, cuatro, no uno, rojo, fucsia, brillito plateado brillito con brillitos, de esmalte importado y caro; de esmalte que yo no compraría porque después de una temporada se secan o se apelmazan y hay que tirarlos; pero él fue a Palermo y me los trajo en una bolsita con una lima y un quitaesmaltes. Y me dio un beso en la frente y lo escuché taconear y supe que tenía zapatos que combinaban con el cinto. Ese día también vino con flores, para tranquilizarme, vino con olor a cigarrillo, besos mezclados con menthoplus de durazno y me dio de comer en la boca, pedacitos del primer menú que no recuerdo qué era, pero él estaba ahí, cortando la comida y pinchándola porque yo estaba acostada boca arriba, ciento ochenta grados, un pajarito, un gorrión sin alas y de repente me acuerdo de Tomás Eloy Martínez y de Santa Evita, en una cita que ya usé una vez para escribir “un gorrión de lavadero, un caramelo mordido, tan delgadita que daba lástima. Se fue volviendo hermosa con la pasión, con la memoria y con la muerte. Se tejió a sí misma una crisálida de belleza, fue empollándose reina, quién lo hubiera creído.” Y acá tampoco nadie lo hubiera creído, porque un accidente es inesperado, los accidentes siempre le ocurren a los demás, son el relato de familiares o amigos o movileros de traje y transpiración en la frente.
Ese primer día empezaron a llegar amigos con chocolates, palabras de aliento o de incertidumbre, caras opacas porque era julio y hacía mucho frío, atardecía, el horario de visitas había terminado igual que la jornada laboral y se quedaban alrededor de la cama, los brazos en jarro, asintiendo a lo que dijera el enfermero o Juan o mamá. Se quedaban hasta donde podían y se daban vuelta cuando los ojos se les llenaban de lágrimas. A la izquierda había un silloncito y un balcón; a la derecha un sillón que se convertía en cama y el baño. Juan se sentaba en ese silloncito y me leía. Me leía capítulos de libros todavía inéditos que estaban en mi bolso y después apoyaba la cabeza en un borde de la cama, justo al lado de la almohada y se dormía por un rato; hasta que yo le pedía agua o un pedazo de chocolate y entonces él se paraba, llenaba el vaso con agua y hielo y me acercaba el sorbete que era en realidad una sonda cortada porque el plástico de las pajitas es duro y se corta cuando lo doblás. Mastiqué el chocolate y él masticó conmigo. Qué rico, ¿no? y su sonrisa tenía tanto miedo que sentí los poros de mi cabeza electrizarse y quise llorar. No tuve tiempo. En los hospitales nadie toca la puerta.
—Vos no podés comer chocolate— dijo la enfermera.
Se paró al lado de la cama, miró el suero, movió la rosquita del goteo, lo miró a Juan una última vez y salió sin cerrar la puerta. 


*la imagen la encontré acá

2 comentarios:

  1. Wow. Lei todo y me dolió (careta!!! a la que le dolió fue a ella, pero se entiende).
    Ojalá te lastres todos los chocolates que se te canten.
    Saludos!
    J.
    pasalayquenovuelva.blogspot.com

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