sábado, 11 de mayo de 2013

Vida normal



Escucho al médico que se va a encargar de mi rehabilitación, me explica con una columna vertebral de plástico por qué tengo descargas eléctricas en ambas piernas.
En mi primera consulta ya no uso el corset que me sostuvo durante más de cuatro meses. Apenas dos días antes de empezar la rehabilitación, el neurocirujano me revisó en su consultorio de Recoleta y determinó que ya no lo necesitaba. Me había liberado de la estructura mecánica como quien le saca las rueditas de la bici a su hijo. La estabilidad ahora era mi responsabilidad.
Me siento en una silla y él pone la maqueta arriba de la camilla donde un rato después voy a estar acostada en ropa interior. Me señala un tubito amarillo que imita la médula. Me dice que eso es la médula y que pasa por el medio de los discos. Él no habla de vértebras sino que dice discos. Agarra la D12 de plástico que es igual a la que yo tenía antes del accidente. Agarra dos para arriba y dos para abajo. Me mira y dice “D11, D10, L1, L2”. Entiendo que está en la zona de la prótesis y él me vuelve a mirar para chequear que lo esté siguiendo. Apenas inclino la cabeza cuando me dice que toda esa zona está “pegoteada”, estamos en nuestra primera sesión y lo miro con desconfianza porque la palabra suena demasiado informal para alguien que se dedica a recuperar a lesionados medulares. Menciona que el pegote es producto de la combinación de una serie de cosas: el manoseo de la cirugía, el golpe, el cemento biológico; que en la medida en que avancemos con nuestras sesiones la electricidad va a aumentar y disminuir dependiendo cómo ese “pegote” se vaya deshaciendo. Va a haber un día en que deje de sentirlo. Él dice que está seguro de eso. Me explica también por qué quiso conocerme apenas le hablaron de mí. La que le habló de mi fue mi terapeuta; y a mí me habló de él. Me dijo esto “le hablé de vos y quiere conocerte. Llamalo. Estoy segura de que te va a hacer bien”. María siempre está segura de las cosas y siempre tiene razón. Incluso cuando la veo hacer una caricatura de mí, de las cosas que le digo o de la manera en que las digo. María se encarga de que el PTSD no interfiera en mi vida cotidiana.
Cuando lo llamé, me identifiqué como la chica del corset y él supo con quien hablaba. En nuestra primera sesión hablamos de mi discapacidad, de mis dolores, pusimos en una balanza lo físico y emocional y yo lo mezclé todo y él me dejó hablar. “Vos sos el milagro. Yo trabajo con los que no tienen esperanza, o tienen un marco muy chiquito. Tenía que conocerte”. Ya no soy la chica del corset; soy la chica del milagro. La que tuvo rotura de vértebra, médula comprometida y se salvó íntegra, sin secuelas, sin consecuencias neurológicas pero todavía en proceso de una rehabilitación integral: psicológica y física.

Estar en proceso es saber que lo que está ocurriendo no va a durar para siempre. Y cuando el proceso se termine, con él van a desaparecer las cosas buenas y malas que fueron su consecuencia. Si alguien me mira en la calle, no se entera. Yo digo vida normal porque el neurocirujano dice vida normal. Los dos sabemos que esa normalidad habla de una vida que nació el 23 de julio y que se consolidó el sábado 4 de agosto. La primera vez que, a la fuerza y con un miedo de última jugada de jenga, el neurocirujano que me operó y se hizo cargo de mí, de mis malos humores, de mi herida, de la punción posterior porque había líquido cerca de donde había sido la cirugía, que siempre venía cuando estaba dormida y cuando abría los ojos me estaba agarrando un pie para despertarme porque operaba temprano y antes de ir al quirófano pasaba a ver cómo seguía, el mismo que me había prometido que me iba a ir “para la casa” cuanto antes y que no pudo cumplir porque la fiebre tomó el mando por el resto de los 20 días de internación, el que se negó a volver a abrirme porque aseguraba a infectólogos y médicos clínicos que la fiebre no era una infección en la zona de cirugía; el mismo que escuché apostar 100 dólares con el especialista en medicina interna a que mi espalda estaba en perfectas condiciones, el sábado 4 de agosto a la mañana bien temprano después de quince días inmóvil y en posición horizontal, se sentó en el sillón que estaba al costado de mi cama, me dijo que sabía que había echado al kinesiólogo con amenazas durante las visitas de esa semana, y me dijo que ya era hora. 
Se acercó a la cama, me giró en bloque sobre mi costado derecho, dejó que mis piernas colgaran de la cama, me ayudó a sentarme, y me sugirió que era momento de pararme. Sacudí la cabeza porque estaba mareada de todas formas y le pedí que no, que por favor no lo hiciera, me achiqué porque no podía moverme ni desaparecer ni evitar de otra manera que me agarrara de la cintura y me parara con él. Me dijo que me agarrara de sus hombros, siguiera sus pies y era como si bailáramos un vals. Él me llevaba y yo lo seguía. Nuestros pies estaban pegados y yo me movía tambaleante pero concentrada, repitiendo sus movimientos. Caminaba de nuevo y por primera vez. Caminaba y me costaba. Me dolían: la cabeza, los pies, me costaba coordinar, me sorprendían mis piernas que cuando volví a la verticalidad empezaron a hincharse y eran cilindros, latas de arvejas o de duraznos. Tenía prohibidas las pantuflas por peligrosas. A partir de ese día, empecé a aceptar la presencia y la insistencia del kinesiólogo por las mañanas y las tardes en mi habitación.
El algodón de las medias se abría para que entrara el pie y entonces el kinesiólogo me ponía las zapatillas, apenas llegaba a atar los cordones y salíamos a caminar por el pasillo del tercer piso. Yo me agarraba de su brazo, y él llevaba con el otro el palito metálico con ruedas en el que había una bomba que distribuía el suero por un lado y los antibióticos y calmantes por el otro, directamente a la vía central que tenía sobre la clavícula izquierda y cuya cicatriz hoy apenas se ve y parece el arañazo de un gato o de cualquier animal con uñas; o un alambre de púas en un campo, de chiquita y cuando el sol desaparecía. Esa cicatriz tiene la firma del doctor Martín Irigoyen, que en veinte minutos abrió, colocó un cañito largo directo a la arteria que sostuvo con tres puntos. Esos tres puntos que hoy, cuando estoy en lugar medio oscuro, a veces no encuentro. Hablaba de estar proceso, del gerundio, de je suis en train de... que me acostumbra a nuevos hábitos, a nuevos síntomas, a una nueva postura, a otra sensibilidad, a aprender a estar cansada, a reconocer el cansancio, a que el cuerpo y la cabeza digan ya basta y eso ocurra, obedecer porque no hay otra opción. Yo obedezco y todos -amigos, jefes, compañeros, familiares- obedecen.

Los días de semana no trasnocho, intento comer liviano y acostarme enseguida. La posición horizontal me alivia del dolor del día. Al principio duele más pero después es como si los tejidos, la sangre, los músculos, todo mi organismo se dispusiera a envolver y acariciar mi espalda. De a poco el dolor va pasando y empieza la electricidad que baja por las dos piernas. A veces alternadamente y otras en simultáneo, el movimiento espasmódico desarma la cama y yo tiro de las sábanas para estirarlas. Vienen varios seguidos y, en algunos, el movimiento brusco me tira en la espalda.
El despertador en general suena a las 7:20 am y lo voy posponiendo primero quince minutos y después suena cada cinco hasta las 8:00 am, cuando me levanto y desayuno yogurt con frutas secas y una fruta. Si hacen menos de 25°, a veces tomo un té. Sino, tomo mi medicación diaria con agua y me meto a bañar. Llego a la oficina entre las 10 y las 10:30 am. Camino 8 cuadras hasta  Congreso de Tucumán, cabecera de la línea D. Hago todos los días el mismo recorrido y depende el día elijo la vereda del sol. Antes del accidente tenía más rituales de recorridos. Ahora, siempre atravieso la plaza, porque me hace sentir que ahorro una cuadra. En estos días de verano no hay lugar en las hamacas. Hay padres y madres muy jóvenes y también abuelos. Niños con pelotas y bicicletas, mujeres leyendo al sol, esperando que el perro dé una vuelta, rasque la tierra, entonces lo llaman, con la boca amontonada y con un silbido, a veces la mano contra la pierna y el perrito gira gira gira y mueve la cola. Se aleja y mira al dueño, sin desafío. Y entonces, durante ese pedacito de mañana donde juego solo el rol de espectadora, siento que ya pasaron un montón de cosas, que hay vida y gente que puede pasear por las plazas. En un banco de la plaza siempre está el mismo chico con el mismo perro. Lee un libro, Bruguera libro amigo, Boris Vian. Tiene ojotas y cara de dormido siempre, sé que me mira y que si lo veo durante muchos días seguidos puedo enamorarme. En 9 de Julio combino con la línea C y me bajo en San Juan donde vuelvo a caminar 8 cuadras hasta el edificio donde trabajo. Caminar por San Telmo es menos encantador. Hay olor a basura, las veredas están rotas y la combinación de alemanes y fumadores de paco en la vereda no lo acercan al pintorequismo que algunos pretenden para una zona, históricamente, periférica y marginal. Una orilla que ahora se tiñe de rubios en otro idioma y morochos de debajo de la autopista, lunes de sangre en las paredes y veredas que evocan a compadritos contemporáneos durante el fin de semana. A veces pienso en que me encantaría encontrar un recorrido que me permitiera atravesar la plaza Dorrego en mi camino al trabajo; de esa manera sería distinto. Ahora, tengo que obligarme a salir a hacer un trámite o a comprar algo, una café o una caja de curitas para ir hasta ahí. Sino no tengo excusa.

En la editorial tenemos máquina de café y botiquín. En la editorial tenemos prácticamente todo. Saquitos de té y mate cocido, artículos de oficina, libros libros libros!, maquinita de snacks, charlas en los pasillos e internet libre.

Desde el 23 de julio de 2012 tengo pesadillas casi todas las noches. Siempre despierto mal, lloro durante el sueño, y lo sé porque cuando despierto tengo los párpados pegados. Entro en la ducha y el contacto del agua con los ojos me provoca ardor. Una forma de protesta. Las ganas de volver a la cama y dormir porque el sueño es reparador y porque antes del sueño siempre existe esa posibilidad de la fantasía. Volver a dormir es volver a un lugar seguro.
Me limpio los ojos con cuidado, los despego, me lavo la cara con esponja y jabón. Enjuagarme la cabeza es lo último que hago. Es lo que siempre dejo para lo último. Es una normalidad que me permito compartir entre mis dos vidas y que responde a conductas del tipo “fumar solo un cigarrillo por día y en el baño y por la noche”.
El deseo, a veces, me da culpa y entonces compenso con el deber. Hacer las cosas bien y como se debe. Cumplir protocolos y despedirme en los mails con un “quedo a su disposición”. Es loco, vuelvo a tener una vida normal, pero es normal con toda la carga del trauma. A la rutina no le importa, quiere cumplirse, te obliga y ahí estás vos. Con la rutina y el trauma, en el borde, a punto de hacer otro crack, menos visible pero igual de doloroso que el físico. Verbalizo en un taxi y por primera vez la dificultad con la que me encuentro en el regreso a la cotidianeidad.

Entonces el deber: un dpto. que hay que entregar al futuro inquilino en orden, la parada del 24 y tomar a las 17:00 horas un colectivo que me dejó en la esquina de Arregui y Nazca, a media cuadra de la casita en la que viví hasta el 19 de julio y a la cual tenía la expectativa de volver a los pocos días, cuando arreglaran los caños y me devolvieran el gas. Extraño algunas cosas de la casa, pero particularmente extraño la independencia que me daba la casa, que me daba que la casa estuviera lejos de casi todo; que no hubiera mediadores entre la casa y yo. En la casa quedaron mis abrigos y zapatos de invierno, algunas prendas viejas, todos mis libros, bebidas que sobraron de mi cumpleaños y las plantas que agonizaban cuando abrí la puerta por última vez.  Extraño la paz de Nazca, el silencio que da ese pasillo largo que incrusta el departamento justo en el medio de la manzana, ese pasillo que tiene un poema y las baldosas flojas, volantes mojados en el piso, un trapo, alguna carcaza oxidada que se olvida el del taller y dos macetas con plantas que solo crecen con lluvia y después se secan, porque nadie las plantó y entonces nadie las riega. Son plantas casuales, y así viven y mueren. Están justo enfrente de la puerta de mi departamento que sigue descascarada como la primera vez que entré. Cuando me bajé del colectivo, llovía. Eran gotones y caían lentos. El semáforo de Nazca no andaba. Había que cruzar con la suerte y el flujo de autos detenido por los otros semáforos. Me cuesta cruzar las calles y las avenidas, me animo, tardo un rato, a veces cuando me decido me pincha la cadera, recuerdo el golpe y me pienso accidentada. Entonces tardo un poco más. Tuve que mirar las llaves para reconocer cuál era la que iba en la puerta de calle y cuál en la de mi casa. Hay otras dos que siguen en el llavero pero ya no sirven.

Nazca no se parecía a una casa abandonada. Regué las plantas marchitas y encendí las luces. Había, sí, mucha humedad sin olor a encierro. Olor a canela había. Abrí apenas el techo para que no mojara el patio. Me saqué los zapatos e hice pis. El marrón del agua del inodoro fue, apenas, el único signo de casa deshabitada. El agua oxidada contra la loza blanca. El resto estaba limpio y la cama sin sábanas. En el patio todavía estaba el tender con un toallón y una bombacha colgada de la última vez que dormí ahí. Como si hubiera salido esa mañana.
Nazca me da nostalgia y al mismo tiempo me obliga. El imperativo en su nombre me lleva a buscar la aparición de otras cosas, nuevas, sin importar si mejores o peores. Nacimientos. Sé que en breve me voy a ir de ahí, que la voy a extrañar, que es una casa llena de voces, y de secretos y de miedos; pero también es una casa que llora, que tiene la oscuridad del desencanto y del dolor. Es un lugar que me expulsa y me obliga a desplazarme. A buscar formas nuevas, no cosas. Non novum sed nove era también la inscripción de un juego de vasos que me regaló mi mamá apenas me mudé y del que sobrevivió solo uno.

Desde el accidente la añoranza me atraviesa. Quiero revisitar el pasado y hablarle.

Gracias gracias gracias

Llego a Nazca y el techo suena. En Nazca la lluvia hace ruido y entonces acompaña. Me duelen los pies y entiendo que en un rato me tengo que ir. El colchón desnudo sobre la cama, una cama en la que ya nadie duerme ni sueña. Pienso en que falta poco, cada vez menos. La salud y la normalidad están en proceso. Se recuperan. El amor. Hay una cama a la que falta amor. Apago la luz de la habitación y vuelvo al living.
Yo me desarmé,
ahora desarmo una casa
para armar otra
Los médicos me rearmaron
la columna
Dos varas
Ocho clavos
Veinte puntos.
Quince centímetros
verticales
de cicatriz.

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